viernes, 12 de mayo de 2017

43. Kinderwunsch y el Día de la Madre


Este pasado fin de semana se celebró el día de la madre. Sinceramente, nunca le había prestado mucha atención pero este año lo he sentido diferente. Y es que la búsqueda de prole puede llegar a ser desquiciante. De repente, se te cruzan los cables y sientes una envidia terrible de aquellas personas que ya poseen aquel precioso tesoro: un hij@. Yo nunca me he considerado una persona celosa o rencorosa pero, al final, este camino sin fin te hace perder la poca cordura que te queda. La respuesta más común es que te relajes, que no pienses, que te rindas, que la adopción también es una opción. Pero nada, esas palabras de consuelo hieren más que la cruda realidad. Y es que, mes a mes, la sensación de fracaso se hace más intensa.
Una de las cosas que más me ha gustado de este día de la madre, a pesar de todos los baches que hemos ido encontrando en el camino, es que los límites de la maternidad se van diluyendo poco a poco y ya no se considera sólo madre a la que pare sino que el abanico se abre mostrando nuevos tonos de gris como muestra la siguiente reflexión que una amiga escribió en su muro de Facebook:
“La maternidad no empieza justo con el nacimiento de un hijo, empieza mucho antes para aquellas mujeres que quieren ser madres. Muchos sentimientos que se mueven: amor, miedo, valentía, desesperación, silencio, generosidad...No todas tenemos un camino fácil hasta lograrlo. Algunas tardan años en lograr un embarazo, otras pueden ver partir sus pequeños antes de tiempo, otras se enfrentarán a largos y difíciles procesos de adopción o tratamientos... otras deberán asumir que nunca llegará ese bebé amado y tener la fuerza interior de reenfocar ese deseo... Hoy me acuerdo sobre todo de esas madres, las otras madres humanas, quizás las más silenciadas, mi admiración y respeto, a las luchadoras que conozco y están o estuvieron en eso. Ellas también son madres.” Cristina García
Y es que hay poca visibilidad y comprensión para con aquellas madres todavía en proceso de búsqueda. La sensación de desconsuelo es a veces tan enorme que aunque la intención principal de los que intentan ayudar, sea esa, la de ayudar; en realidad, hacen que el dolor sea aún más intenso si cabe. Hay pocas ya-madres que recuerden las dificultades que pasaron antes de tener a su hij@. Todas afirman que una vez lo tienes, lo sufrido con anterioridad se olvida. Es en ese grupo en el que esperarías mayor comprensión y, sin embargo, pasa todo lo contrario.


Por eso cuando tuve el libro “Quién quiere ser madre” entre mis manos en el Sant Jordi de este año no pude resistirme y lo compré. Cada capítulo, corto y conciso, me hizo recordar cada una de las etapas por las que estoy pasando: la ansiedad de la espera, las pruebas de embarazo, la percepción de síntomas inexistentes, la necesidad de saber porqué no puedo quedarme, la tristeza de ver que otras ya lo han conseguido… Así que respiré profundamente y me sentí más tranquila de repente. Hay más como yo. No estoy loca. La protagonista que a los 40 se da cuenta que ha postergado demasiado la maternidad cae en barrena tras la muerte de su padre y, mientras vive el duelo de la pérdida, revive cada mes un duelo más por aquel hij@ que no acaba de llegar. Porque, no lo dudéis, que cada vez que baja la regla es la señal de que has sufrido una pérdida más.

Llega un momento, sin embargo, en el que te rindes, en que tocas fondo porque tu vida se ha reducido a esa eterna búsqueda y parece no haber nada más. Vives en un limbo donde lo único que parece importar es que por fin llegue ese positivo que estás anhelando después de tanto tiempo. De final abierto, el libro acaba justo en la etapa en la que me encuentro ahora. 

La ansiedad ha bajado y ya he aceptado que lo que pase será lo que tenga que pasar. Los días de pánico han pasado porque, al final, la vida tiene que avanzar. Sé que seré madre, bueno, rectifico, ya lo soy porque el Kinderwunsch (el deseo de ser madre) ya arde en mi interior. Ahora sólo cabe esperar que el universo conspire a mi favor y todo se alinee para que la luz al final del túnel brille con fuerza.  Y si no, siempre hay un plan B y un C. Hasta la Z aún queda camino por andar. 

lunes, 1 de mayo de 2017

NZ1. 800 palabras

Hace años que me obsesiona Nueva Zelanda. Mi mente lo ve como aquel paraíso en la tierra tan lejano a mi rutina que me dará la libertad que siempre tengo la sensación que me falta. Mi fantasía me transporta a una granja en medio de la nada con un huerto orgánico y vistas a la Bay of Plenty, un lugar tranquilo y relajado donde pueda escribir y dedicarme a la encuadernación sin las preocupaciones del día a día, del trabajo y de los compromisos sociales. No me preguntéis por el motivo pero Jack Johnson y Jason Mraz me trasladan a mi retiro espiritual imaginario cada vez que cierro los ojos en busca de una vía de escape porque, a veces, la vida me abruma. Así que, con la música retumbando en mi cabeza y con los recuerdos de mi estancia en Nueza Zelanda encendidos, he decidido, tras la renuncia a mi doctorado, abrir una ventana a mi paraíso personal, a ese lugar de paz donde en alguna otra vida viví y en alguna otra viviré. 

800 words es una de mis series de televisión favoritas en este momento. La descubrí el año pasado y no puedo estar más contenta con el hallazgo. George Turner, un columnista australiano famoso, decide comprar una casa en Weld, un pueblecito costero imaginario de Nueva Zelanda, tras la muerte repentina de su mujer. Necesita empezar de nuevo en un lugar tranquilo en aquel pueblo donde pasaba sus vacaciones veraniegas de pequeño, rodearse de memorias felices en esos momentos de extremo dolor. Sus dos hijos no piensan lo mismo y se ven arrastrados a esa locura transitoria de su padre. Al llegar, la casa es una ruina y la idea de que aquello ha sido un error cobra más fuerza. Sin embargo, los habitantes de aquel peculiar lugar le muestran que Weld es el lugar perfecto para comenzar su nueva vida. 

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con irse muy lejos de casa? Empezar de nuevo, en un lugar tranquilo y hermoso, rodeado de naturaleza y con la playa a un tiro de piedra para surfear. Yo levanto la mano animosamente y me confieso. Hubo un momento en la vida que hubiera hecho las maletas y me hubiera ido allí con los ojos cerrados. Pero al final la vida me atropelló y aquí estoy escribiendo desde mi despacho que no tiene vistas ni al mar ni a la naturaleza exótica pero que es la vida que al final he decidido vivir a pesar de que a veces no sea la más tranquila. Y es que aquí el tiempo pasa a otra velocidad, demasiado rápido como para poder apreciar lo bonito que me rodea. Mi mente escapa a fantasear a esa ventana de vacaciones perpetuas donde yo pueda elegir mi ritmo y mi propio tiempo. Mi cordura me lo agradece a duras penas.

George acaba adaptándose a esa manera de vivir donde aparentemente nunca pasa nada pero que a un nivel más profundo le conecta a su dolor, a él mismo y a su propia vida. Sus hijos, olvidando los primeros problemas de adaptación a la nueva realidad, también encuentran su lugar en el mundo, aceptan la pérdida de su madre y logran rehacer sus vidas a paso lento. 

Cambiar de aires ayuda a ver las cosas desde una perspectiva diferente, te coloca frente al problema que quieres ignorar porque si piensas que yéndote lejos tus problemas se van a solucionar por sí solos lo llevas claro. Puedo hablar por experiencia propia cuando digo que los fantasmas te persiguen allá donde vayas. Lo que hagas con ellos es lo que marca la diferencia entre superar lo que te atormenta o vivir en un sufrimiento continuo. Por eso llegó un momento en mi vida que se me mostró la necesidad de establecerme en algún lugar y lidiar con mis fantasmas personales. Y es cuando siento el impulso de irme muy lejos cuando me doy cuenta de que algo no está funcionando como debiera. No estoy hablando de ese deseo de conocer mundo por el placer de conocerlo, sino unas ganas enormes de hacer las maletas, buscar una beca o un nuevo trabajo e irme a vivir muy lejos. Así que aquí estoy de nuevo, escribiendo para reconectarme, para intentar descubrir qué necesito en vez de lanzarme kamikaze a aquello que quiero porque a veces lo que quiero, no es lo que necesito y es muy duro darse cuenta de ello.



No prometo regularidad como en otras ocasiones. Escribiré cuando el alma me lo demande, porque ahora quiero escuchar a mi corazón, dejar que mi alma hable y ver hacia dónde me lleva la intuición. Acabé con la planificación de mi vida, surfearé las olas tal como vengan porque al final esa es la emoción de la vida que hemos elegido.