lunes, 21 de enero de 2013

29. Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás.



"Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás."

Clarissa Pinkola Estés 
Me enamoré de Edith Wharton en el 2000 cuando estudiaba literatura norteamerica en Clemson University (Carolina del Sur). Me fascinó House of Mirth: sus personajes, su ironía, la construcción de la historia... En fin, tanto me gustó que desde entonces he ido recopilando parte de sus escritos (aún quedan muchos por tachar de mi lista porque la señora era bastante prolífica pero en eso estamos). Susannah Ashton, mi profe de  entonces, consiguió contagiarme su pasión por la asignatura. Para mí, encontrar a alguien así era toda una novedad e hizo que esperara con la ilusión de una niña con zapatos nuevos la hora de clase (sí, ya lo sé, no me avergüenza confesar que soy una empollona). Sin duda, Ashton era de mis profes favoritas. Y es que el sistema es tan diferente que no es ninguna sorpresa que se te caiga el alma a  los pies cuando vuelves al sistema universitario español después de pasar una temporada en el extranjero.Qué poco acostumbrados estamos a retar a los profesores, a trabajar en seminarios, a estar activos en clase. Aquí se estila la verdad suprema del enseñante sobre todas las cosas aunque creo que eso está cambiando hoy en día y me alegra (a pesar del intento del gobierno por recortar en investigación y limitar el acceso a las élites subiendo el precio de las tasas- ahí va mi denuncia del día). Pero me estoy desviando del tema.
Volvamos a Edith Wharton y al libro que nos ocupa "La Renuncia" (A Mother's Recompense). De verdad que no entiendo quién hace las traducciones de los títulos de los libros, condicionan tanto al lector. Y si no fuera suficiente con el título, en la contraportada de la edición en español te desvela el secreto que la escritora va mostrando cuidadosamente sin levantar sospechas. Así que ya lo sabéis... No se os ocurra comprar la edición española  y si no tenéis más remedio que hacerlo por problemas de idioma cubrid el libro con una de esas fundas tan chulas que se han puesto tan de moda para no condicionar vuestra lectura. Si algún día tengo una editorial intentaré evitar esos errores.
Tal como su título en español indica, La Renuncia, trata sobre una renuncia valga la redundancia. La historia comienza en la costa azul francesa en un pequeño hotel. Kate Clephane vive "exiliada" de la burguesía neoyorquina a la que pertenece por una decisión del pasado, una decisión que la apartó de la bonanza americana de los felices años veinte. Una noche Kate decide abandonar a su marido y a su hija y se escapa con su amante. Quiere ser feliz apartada de las normas sociales, de la hipocresía de la alta sociedad, quiere sentirse libre y por eso huye con su amante. Kate, tras años apartada de Nueva York, es reclamada por su hija (ahora en edad casadera) que le pide que vuelva a casa. Todo parece ser perdonado y quiere retomar la relación con su madre. Kate, mortalmente aburrida, acepta enseguida y vuelve a aquel mundo hipócrita  y encorsetado que dejó atrás. Sus dudas y miedos se ven disipados porque todo el mundo actúa como si no hubiera pasado nada y la "aceptan" en el grupo como si nunca se hubiera ido. Esa es la ironía que tan magistralmente caracteriza Wharton en todas sus novelas. Poco a poco la historia se va complicando, su hija ha encontrado marido que es un viejo conocido de Kate (y sí, podéis leer entre líneas). La madre intenta romper el compromiso pero al ver sufrir a su hija decide renunciar al gran amor de su vida porque no quiere dañar a su Anne. Pero la renuncia de Kate no se queda ahí. También renuncia a otro pretendiente Fred (su apoyo en toda la trama, el hombro que le ha secado las lágrimas) porque siente que es mejor estar sola que estar con alguien por conveniencia. Necesita el amor en su vida, un amor libre y verdadero. Así que se vuelve a exiliar a la costa azul francesa, a su pequeño hotel aceptando la posibilidad de una vejez solitaria y serena mientras ve a su hija ser feliz al lado de la persona que ama. Y esa es su recompensa.
Aún sin ser la mejor novela de la escritora, el libro llegó con una misión. No sé si recordáis aquel día que compré cuatro libros que tenían un mensaje encriptado y La Renuncia fue uno de ellos. Y justo en estos momentos en los que cierro un ciclo en mi vida, el mensaje se me hace de lo más revelador. Encontrar la paz y la tranquilidad implica renunciar a cosas, a todo aquello que no se corresponde con lo que te hace feliz y que no siempre corresponde a las normas sociales estipuladas. Kate se exilia porque ser libre implica salir de esa sociedad encorsetada, no se casa con Fred porque valora su libertad, acepta el matrimonio de su hija porque sabe que ese tren ya ha pasado. Al final de la historia vemos a una Kate independiente y feliz, serena, en paz con las decisiones que ha tomado. Así es como me siento yo ahora por eso, como Kate, creo que jamás es un error buscar lo que una necesita a pesar de lo que todos digan. Renunciar a aquello que no lleva a estar en paz contigo no es condenarte al ostracismo sino a encontrar un oasis en el desierto, tu isla en el pacífico, tu propia felicidad



lunes, 14 de enero de 2013

CONFIDENCIAS


En el primer cuento del año, vuelvo la vista atrás. A mis comienzos como escritora en mi más tierna adolescencia. Confidencias fue el primer cuento que me publicaron. Tenía 16 años, mucho ha llovido desde entonces pero siempre me sentiré orgullosa de aquellos comienzos. Espero que os guste: 


15 de septiembre de 1996, Tarragona

Querido diario: 

Ni tan siquiera sé por qué empiezo a escribirte, tal vez sea porque necesito expresarme de alguna manera con alguien que sé que no me traicionará. Ya casi es el final del verano. Hoy llueve y voy en un tren, un Cataluña Exprés para ser más exactos. Destino: Barcelona-Estación de Francia. Hora de llegada: las 15:45. ¿Por qué me he subido a un tren si el trayecto dura sólo una hora? Posiblemente sea porque necesito escapar, aunque sea por poco tiempo, de la realidad que me rodea; necesito olvidar lo ocurrido, aunque resulte difícil; necesito volver a ser lo que era, una chica de espíritu romántico que pueda saltarse las normas de esta época (que no es la suya); necesito sentirme mística cuando escribo y en la vida diaria; necesito sentir el amor; necesito que el hielo de mi corazón se funda; necesito a mi madre; necesito todo lo que aquel fatídico día y aquella maldita llamada telefónica me arrebataron. 

Yo tenía quince años, cuatro horas y quince minutos cuando mi padre me hizo salir con urgencia de clase, ya que mamá estaba en el hospital. Entramos en el coche y dentro de él pude ver que mi padre estaba pálido, blanco como la pared, y que hacía poco que había llorado. Le pregunté qué había pasado y, con serias dificultades, me dijo que un coche se había saltado un semáforo y la había atropellado. Cerré los ojos mientras rezaba para mis adentros para que mamá se pusiera buena. La quería mucho, al igual que a mi padre. Las dos hablábamos de muchas cosas; ella sabía cuando tenía un problema y me comprendía; para mí era la mejor amiga que nunca pude desear. No quería que se muriese. Ella no podía morirse, pero la imagen de la muerte no se iba de mi cabeza. Papá me miró, creo que descubrió mi preocupación por mamá, y me sonrió. Aquel día los ojos de mi padre me parecieron más tranquilizadores que nunca y, por un momento, me sentí mejor. Después de mirarme y sonreírme volvió la mirada a la carretera y me dijo: 

-No te preocupes, hija. Todo saldrá bien. El doctor que la trata es muy bueno y hará todo lo posible por ella. 

-Eso espero-le contesté tristemente. 

Cinco minutos más tarde, el silencio del motor indicó la llegada al hospital. Mis piernas tiemblan. Tenía miedo de que cuando llegásemos ya estuviese muerta. Papá me pasó la mano por el cuello y me miró. Su mirada me dio fuerzas y, entonces, todos mis temores desaparecieron. 

Su habitación era la 215. 

Entré en el cuarto y, detrás de mí, papá. No podía creer lo que mis ojos veían. Ella estaba enganchada a muchas máquinas que le daban algo parecido a la vida. Me acerqué a la cama y la cara de mamá me pareció demasiado blanca para ella. Era una mujer muy enérgica para encontrarse en aquel estado. Mi abuela estaba al lado del lecho, la miré y las lágrimas atravesaron mi cara. Me pregunté si mamá vería algún día a sus nietos. Papá se acercó por detrás y puso sus manos sobre mis hombros. Aquella visión nos hacía sufrir a los dos. Volví mi cuerpo hacia él, dirigí mi mirada hacia sus ojos y pude comprobar que él también estaba llorando. Intentamos consolarnos mutuamente mientras que, en aquella cama, mi madre iba perdiendo todas sus fuerzas y ganas de vivir. 

Salimos de la deprimente habitación, fuimos a hablar con el médico que la trataba y éste nos dijo que estaba muy grave y que, posiblemente, mamá no viviría más de dos días; pero, por supuesto, ellos harían todo lo que fuese necesario por ella. Aquel hombre me estaba poniendo enferma y furiosa; papá se dio cuenta y se despidió del médico. Los dos salimos muy abatidos, subimos al coche y fuimos a casa. 

Al llegar, todo parecía como vacío, como si se hubieran llevado la luz y la alegría. Papá se disculpó y caminó despacio hacia su despacho; yo me dirigí hacia la habitación de mis padres, en la planta de arriba, y me senté en el lado de la cama de mamá. Cogí la cajita de música, que le regalé a ella por su cumpleaños cuando yo tenía seis años, de la mesita de noche y la abrí. De ella salía una dulce melodía que mi madre tarareaba torpemente pero con insistencia casi todo el día, me gustaba escucharla. Cerré los ojos y, en medio de aquella oscuridad, escuchaba a mi madre reír, veía su cara y quería tocarla, alargué la mano y entonces me di cuenta de que ella no estaba allí. La música dejó de sonar y abrí los ojos. Una tenue luz entraba por las cortinas cerradas de la habitación; dejé la caja, me puse en pie y, con los ojos humedecidos, me dirigí hacia la ventana. Ni siquiera tuve el valor de descorrer las cortinas, tenía miedo a mirar el jardín, que mamá cuidaba con pasión, y ver las flores marchitas por culpa de lo que le había sucedido a ella. Comencé a llorar silenciosamente apoyada en la pared que estaba al lado de la ventana y, poco a poco, fui escurriéndome por ella hasta quedarme sentada en el suelo. Las lágrimas salían de mis ojos, abracé mis piernas con fuerza y me quedé allí quieta, hasta casi las diez de la noche. 

A esa hora mi padre vino a ver lo que hacía. Había estado trabajando hasta ahora y quería que fuese a cenar con él. Yo no tenía hambre, pero él insistía. Me enfadé, le grité y me encerré en mi habitación. En aquel momento le odié pero, más tarde, recapacité y me di cuenta de que él también sufría aunque no lo demostrara, y sabía que lo estaba pasando mucho peor que yo. 

Fui al armario y me puse el camisón, luego me acerqué a la mecedora que tenía, cogí la bata que estaba sobre ella, me calcé las zapatillas de estar por casa y me dispuse a abrir la puerta para bajar y desearle buenas noches a papá, pero, en aquel instante, sonó el teléfono. Abrí la puerta de mi cuarto y comencé a bajar las escaleras. Desde donde estaba se escuchaba un murmullo. Papá hablaba desde su despacho y yo bajaba muy lentamente. Al fin llegué abajo y me dirigí a la habitación donde se encontraba él. Había dejado hablar. Abrí la puerta. Papá estaba sentado en su butaca con la cara cubierta por sus manos. Lloraba. Yo le pregunté tímidamente: 

-¿Qué pasa, papá? 

Él me miró. Tenía los ojos rojos, luego bajó la cabeza y me contestó entre sollozos. 

-Tu...Tu madre, Eryn... Han hecho todo lo posible pero...-me miró-tu madre ha muerto. 

-Nooo- grité con todas mis fuerzas cayendo al suelo de rodillas-¡No!¡Mamá! ¡No puede estar muerta!¡No puede! Me oyes... 

Papá se levantó, se acercó, se agachó y nos abrazamos los dos llorando. Dos días después de su muerte, mamá era enterrada en el cementerio de la ciudad. Yo no fui al entierro, sencillamente no tenía fuerzas. Cuando papá llegó estaba muy abatido. Se fue directamente a su despacho y se sentó en la butaca. Esperé diez minutos y me dirigí a donde él se encontraba. Lo miré, parecía cansado, me acerqué a él, me sentó en sus rodillas y lo abracé, él me besó la frente y también me abrazó. Me sentía bien; yo buscaba protección y él me la dio. Entre sus brazos, recordaba tiempos pasados, cuando era niña y, cada sábado, al ponernos toda la familia a ver la televisión, aquella escena se repetía. Yo, ahora, era demasiado mayor, había crecido en cuestión de horas, y echaba de menos lo que hacíamos antes: hablar con mamá, tenerla cerca, jugar con papá, escuchar su risa... Sí, había crecido, pero dentro de mí era una niña, una niña que tiene que aprender muchas cosas y sola no lo puede hacer, una niña que tiene miedo y demasiados temores... Así me sentía. Imágenes de mi vida pasaban raudas por mi mente. Deseaba estar en aquel pasado tan reciente con ella, retroceder en el tiempo y ser, otra vez, pequeña. 

En el tren me parece estar todavía con ella, era su medio de transporte preferido. Amaba sus asientos, sus pasillos, las vías, las máquinas que hace que aquella mole inerte se mueva, sus motores, sus cristales, los vagones, la gastada tapicería... Amaba el tren desde la primera hasta la última pieza que lo componía. Conocía cada uno de los diferentes modelos, los horarios, su maravillosa historia... Me lo enseñó todo acerca de éstos, sus mejores amigos. Mamá me enseñó a amarlos y a respetarlos, como a ella. Tal vez los necesite para recuperarla, ya que ellos no se han ido, tal vez los necesite para volver al pasado, tal vez los necesite para sentir de nuevo la voz, la risa y la dulzura de mi madre, tal vez los necesite para que mamá entre de nuevo en mi corazón y no se vuelva a marchar. 

P.D.: En la estación anuncian la llegada del tren. Son las 15: 45 en algún lugar del globo terráqueo. 

2n. ACCÉSIT 

Concurso Nacional de Narración Breve de R.E.N.F.E. 

1r. PREMIO PROSA JUNIOR 

Coordinadora de APA de Enseñanza Secundaria de Terragona

I.S.B.N.: 84-87658-38-5


lunes, 7 de enero de 2013

28. El Hobbit: Un viaje inesperado.

Tenía 13 años la primera vez que leí El Hobbit, de esos 13 años aún impresionables. No como los de ahora que ya están cansados del mundo y les queda poca fe en la fantasía y en la magia. Ahora cuando miro atrás y me veo a mí con 13 años y me comparo con mis alumnos, que son de esa edad, no me relaciono nada con ellos. Mi adolescencia fue tan diferente… Pero en fin, es otro siglo y eso se tiene que notar en algo. Y fue en esos 13 años preadolescentes e inocentes en los que descubrí el universo de la Tierra Media y la maestría de JRR Tolkien. Elfos, enanos, hobbits, magos, trasgos, trolls, águilas que hablan… hasta un dragón!! Caí en la redes de la literatura fantástica épica irremediablemente, literatura de la que aún disfruto a mi edad para evadirme un poco de este mundo gris, aburrido y lleno de responsabilidades.  
Y El Hobbit cumplió su función. Acababa de mudarme a Tarragona y me costó dejar atrás mi mundo infantil, mis amigas de toda la vida y mi ciudad. Así que me refugié en la Tierra Media y deseé quedarme largo tiempo (tras el Hobbit devoré el Señor de los Anillos, los Cuentos Inconclusos y todas las demás obras de Tolkien, hasta me leí el Silmarillion de pe a pa y eso, a mi edad en aquella época, tiene su mérito). Después visité otros mundo épicos y hasta creé el mío propio (algún día de estos mi novela de fantasía épica verá la luz) con la esperanza de perderme en otros universos donde la vida fuera diferente: caballos, arcos y flechas, espadas, guerreros, bruj@s malvad@s y pervers@s entre otras criaturas.  
Así que os podréis hacer una idea de la ilusión que me hizo que Peter Jackson, por fin, se decidiera a hacer la adaptación cinematográfica. Tengo que confesar que la he visto dos veces: una en 3D (no hace falta que os gastéis semejante dineral porque la peli es igual de espectacular y no salís mareados de la sala) y en versión original (y esta sí que vale la pena!! XD). Y las dos veces las disfruté enormemente. El Hobbit y la esencia de Nueva Zelanda. Era como volver a estar allí. Los recuerdos y la nostalgia me inundaron. Una época ya pasada y aún así la historia volvía a engancharme como la primera vez.
Para los fans de la novela de Tolkien, la película introduce variaciones importantes. Supongo que en parte es para no decepcionar a los fans del universo de Jackson y El Señor de los Anillos. Y eso sí que se le tiene que aplaudir al director. El Hobbit se engarza en el imaginario creado a la perfección e incluso mejorando muchos de los gráficos de la anterior saga. Se nota que ha aprendido de los errores y ha intentado subsanarlos. El problema que le veo es que el tono está totalmente equivocado porque El Hobbit no es El Señor de los Anillos ni se dirige al mismo público. Los que crecimos con el libro, crecimos con él literalmente. Muchos lo leímos en lo que era antes la preadolescencia y continuamos en plena edad del pavo con El Señor de los Anillos, una novela mucho más adulta y de construcción más elaborada. Y es que el señor Jackson ha pretendido convertir una novela infantil en una historia adulta y no hay por dónde cogerla. Por eso suenan tan extrañas las canciones de los enanos que parecen un intento fallido de musical Disney y por eso la persecución de los trasgos a los enanos por las montañas parecen gráficos de videojuegos extendidos hasta el aburrimiento.
Otro de los errores de Jackson, hechos desde su apuesta firme de conectar El Hobbit al Señor de los Anillos, es la acción. En la primera parte de la historia de Bilbo no aparece ningún orco. Hay trolls, trasgos y wargos, pero nada de orcos asquerosos ni mucho menos un líder pálido al que le falta un brazo. Como tampoco se menciona a ningún nigromante. El dragón, sí. Pero en fin, llenar 2 horas y media de película sin que se te duerma nadie requiere de ciertas licencias. Tardé menos en releerme la parte adaptada del libro que en ver la película. Sinceramente creo que no hacían falta las tres pelis que dicen que van a hacer. Con una ya hubiera habido suficiente. Pero comprendo que se haya puesto precio a la marca y se intente exprimir hasta límites insospechados. El mercado es el mercado.
¿Qué hay de bueno en la adaptación cinematográfica? Pues los paisajes, la música, el vestuario, la caracterización…el universo creado que, exceptuando a la raza de los elfos (aún no entiendo cómo Jackson se empeña en elegir a las personas menos agraciadas a las que se ve forzado a teñir de rubio oxigenado y hacer la permanente lisa como atractivos y gráciles elfos), se corresponde a mi recuerdo imaginado de la Tierra Media en mis años adolescentes. Eso sí lo ha conseguido. Como también el reavivar la llama de la magia y la fantasía, de remover los sueños, de hacerme recordar aquellos años donde las obligaciones no tenían la carga que tienen ahora. Como un Bilbo aferrado a su rutina, con El Hobbit, el espíritu aventurero ha vuelto a recorrer mis venas. Ahora sólo cabe aguardar a que llamen a la puerta para iniciar ese ansiado viaje inesperado. ¿Y tú? ¿Te atreves a formar parte de la nueva compañía?