domingo, 26 de noviembre de 2017

16. BURBUJAS



Y su burbuja estalló. Miró alrededor en busca de una respuesta a lo que acababa de ocurrir. No conocía a nadie que viviera fuera de su burbuja. ¿Y si no podía respirar? ¿Y si moría quemada por el sol? Ahora que no se sentía protegida por su burbuja, el mundo le parecía infinito.

Comenzó a caminar con cuidado de no hacerse daño. Lentamente, miraba por dónde pisaban los pies y, de repente, una mujer rodeada por una burbuja furiosa la atropelló y la hizo caer. Ella quedó tumbada en el suelo y, entre lágrimas, percibió un azul diferente. El cielo era de un color más intenso, más azul de lo que recordaba. Ya hacía tiempo que no lo miraba pero ahora parecía que alguien había editado la foto con algún tipo de filtro que desconocía. Se puso en pie y observó la calle con atención. Todo brillaba más. Había subido la intensidad de los colores inesperadamente.

Todo el mundo caminaba dentro de su burbuja: una llena de humo, una húmeda de tristeza, una pringosa de disgusto, una enfadada arreaba a quien se cruzara en su camino, otra feliz y grande (se veían pocas de aquellas, eran poco prácticas porque ocupaban mucho espacio y normalmente eran artificiales, modificadas químicamente por algún producto farmacéutico). Sin embargo, la más común era la gris. Había una multitud de tonos diferentes de gris hasta llegar a la negra, angustiosa, a menudo demasiado pequeña para sobrevivir. Normalmente la gente que vivía en una burbuja negra moría joven, ahogados por la oscuridad que los envolvía. Y así había burbujas de todos los colores, formas y texturas que vivían aisladas las unas de las otras en su propio universo habitado y reducido sin percibir nada del exterior. Aún así, personas sin burbuja, no había conocido a nadie. Desde pequeña le habían enseñado a tener cuidado de su burbuja porque, sin ella, la supervivencia era imposible. Siempre había vivido con la suya azul brillante, le gustaba aquel tono azul tan peculiar que daba a cada uno de los episodios de su vida. Ahora todo era diferente. ¿Qué podía hacer? No podía volver a casa, no sabía cómo podrían reaccionar  sus padres; al trabajo tampoco, la entregarían a las autoridades automáticamente (no podía continuar enseñando a los niños de aquella manera). Todo el mundo la miraría de forma extraña.

Y fue entonces cuando sintió aquel susurro que venía de su interior y decidió, en aquel preciso momento, seguir el camino que tenía que seguir. La había oído antes pero la hizo callar porque no estaba nada bien oír voces (o eso era lo que le habían enseñado). Por primera vez en su vida, sabía qué dirección tenía que tomar sin ningún tipo de duda. Y ya nada era más importante: lo que pensara la gente de ella, si se sentía segura o no, si aquella barrera que la separaba del mundo existía o no. La intensidad de los colores, de los olores, de la vida ya no era un filtro de una aplicación del móvil. Ya comprendía por qué no le gustaban las fotos en blanco y negro.


Sin darse cuenta había salido de la ciudad y allí, delante de ella, vio unas casas blancas y luminosas. Una pelota golpeó sus pies, se agachó para cogerla y descubrió texturas nuevas: vieja y desgastada. Un niño se acercó a recuperarla. Su sonrisa pícara le hizo latir el corazón a más velocidad. Aquel chico no tenía ninguna burbuja a su alrededor. Era libre. Le robó la pelota de las manos y se fue corriendo, jugando con otros niños como él: sin burbujas, sin interferencias, sin filtros, sin miedo. 

 

15. UN HOYO INQUIETO


A mi golfista preferido: Gracias 

Había una vez un hoyo que no acababa de encontrar su lugar. No le gustaba nada ser el 18, el último de la fila, al que todos llegaban cansados y hastiados.  Así que decidió salir de viaje a ver si encontraba un lugar en el que se sintiera como en casa.
El hoyo nº1 parecía el más apropiado. Era el primero, el más importante. Todos llegaban sonrientes, ponían el tee y ¡clac! Tiraban con todas sus fuerzas hasta acercarse a él. Poco a poco se dio cuenta que los golfistas no le hacían ningún caso porque tenían prisa por continuar. Estaban frescos y llenos de energía y pasaban raudos y veloces por él. Ese no era su lugar, así que siguió su camino hasta la próxima parada.
El hoyo nº 2 tenía un lago precioso. A menudo había visto desde la distancia que grupos de patos retozaban felices a su alrededor. Le gustaba escuchar la sonrisa de los otros porque eso le hacía feliz. Seguro que se sentía contento él también. Pronto sin embargo supo que estaba equivocado. Los golfistas bramaban enfadados cuando volvían a perder una bola más en el fondo del agua. Aquello lo incomodaba sobre manera. Así que huyó despavorido de aquel lugar.
El hoyo nº 3 era corto en metros. Los golfistas fanfarroneaban a menudo sobre quién iba a aproximarse al green. Soltaban carcajadas a pleno pulmón mientras se burlaban los unos de los otros. Al principio fue divertido y reía con ellos pero luego tanta competición se le atragantó. Muy a menudo no llegaban, rompían palos y se insultaban. Los ganadores se iban con un regusto amargo. Ese no era su lugar, así que, decepcionado una vez más, reanudó la marcha hacia un destino incierto.
El hoyo nº4 estaba oculto tras unos altos árboles que le daban sombra. Se sentía fresquito y tranquilo. Todo iba estupendo hasta que se le cayó una rama encima y le hizo un considerable chichón. Definitivamente, aquel tampoco era su lugar.
El hoyo nº 5 estaba cerca del mar. El balanceo de las olas lo relajaban sobremanera. Tanto que estaba siempre adormilado y se perdía las mejores jugadas. Aquel no podía ser su lugar y, aún con los ojos medio entornados, arrastró sus pies en pos a un destino más apropiado para él. Le gustaba estar despierto, descubrió.   
El hoyo nº6 coronaba una alta colina. Estaba extasiado por las vistas. Desde allí podía ver todo el campo con un simple golpe de ojo. Miraba y miraba y siempre encontraba algo interesante que observar hasta que un día se le cagó una gaviota encima y lo dejó tuerto por curiosear. Furioso y dolorido determinó irse de aquel sitio que le había arrebatado una de sus ventanas al mundo.
El hoyo nº7 le pareció más seguro. Estaba al final de una recta larga y amplia. Allí nunca sucedía nada interesante. Se quedó allí hasta que se aburrió como una ostra e inició de nuevo el viaje en busca de nuevas aventuras.  
El hoyo nº 8 tenía un gran foso que lo envolvía. El hoyo nº 18 se frotó las manos porque iba a escalar una pared vertical de unos 5 metros (o, al menos, era lo que le parecía a él). Nunca antes había escalado tan alto. Sin duda, aquella sería una experiencia que no olvidaría jamás. Y empezó a subir y subir cada vez más alto. El cansancio se iba apoderando de él. Resbaló y cayó al suelo con un golpe seco. El chichón que le salió era puntiagudo y doloroso. Y con la cabeza gacha, se fue con la música a otra parte.   
El hoyo nº 9 era justo la mitad del trayecto. Era el descanso del guerrero, el final para el cobarde.  Pasó de largo. Le recordaba demasiado al punto de partida. No, no era su lugar y se fue de allí volando.
Llegó al hoyo nº 10 casi sin respiración, como si un demonio lo persiguiera. Frenó de golpe y derrapó. Un alud de arena lo cubrió por completo. Le costaba respirar y es que se estaba ahogando en arenas movedizas. Supo de inmediato que había caído en un bunker y que de allí no se escaparía fácilmente. A lo lejos vio un rastrillo que descansaba en la orilla. Estiró los brazos con todas sus fuerzas. Casi llegaba a la punta. Respiró profundamente y se estiró aún más. Su único ojo dificultaba la empresa y el chichón en la cabeza le pinchaba dolorosamente. Un último empujón lo ayudó a salir. Recuperó el aliento y, sin mirar atrás, dejó aquel que no era su lugar y continuó su marcha.
El hoyo nº 11 estaba más cerca de lo esperado. La distancia era pequeña, casi diminuta. Recordó su experiencia en el nº 3. Decidió no intentarlo siquiera. Siguió a paso firme a su próximo destino. Estaba seguro que encontraría su lugar, que no era ese, el que dejaba atrás, y se fue por dónde había venido.
El hoyo  nº 12 era algo especial, extraordinario. Tenía dos cascadas y una suntuosa fuente en el centro. Había llegado al paraíso (o eso era lo que creía). Pronto descubrió  que aquel lugar era demasiado familiar. La frustración, el enfado, la energía negativa, los golpes de pelotas víctimas de la ira de algunos golfistas. Se transformó en una pesadilla. No era su sitio, algo en su interior se lo decía, y tardó poco en salir de allí pitando.
El hoyo nº 12+1, el de la mala suerte. No, no, lo iba ni a intentar. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se ajustó la solapa y continuó su camino rápidamente. Ese no era su lugar o eso le repetía incansablemente su intuición. Sí, sí. Lo sabía. Tenía que salir de allí lo antes posible.
En el hoyo nº 14 respiró aliviado. Una curva lo ocultaba de miradas indiscretas. Era un buen lugar para descansar. El viaje estaba siendo más difícil de lo que esperaba. Se sentía desubicado y sin dirección. Tenía miedo a perderse y quedarse al final en un sitio que no le correspondiera. Se quedó unos días allí, reflexionando sobre su futuro y aún cavilando siguió su viaje, sin darse cuenta que giraba en la calle equivocada. Perdido, ahora sí que estaba realmente perdido.
Una zarza se le enganchó en el calcetín derecho. Había topado con un hazard pero ¿cómo había llegado hasta allí?  Se enredó más si cabe intentando escapar. Arañazos, ropa hecha jirones. Estaba magullado de los pies a la cabeza. Se estiró y cayó al suelo de bruces. Y entonces lo vio. ¿Era el nº 17? ¿Cómo había llegado hasta ese hoyo? Al final sus temores se habían cumplido. Se había perdido. Apesadumbrado, prosiguió su búsqueda.
Desanduvo parte del camino hasta ver en la lejanía el hoyo nº 16. Parecía un lugar bonito. Demasiada luz, puede que tenga demasiada luz; pensó. Se tapó su único ojo con la mano para evitar ser deslumbrado y siguió caminando arrastrando los pies. El cansancio y la tristeza lo embargaban. No podía más. El agotamiento lo estaba devorando lentamente.
Se desplomó en el hoyo nº 15. Roto y exhausto. ¿Qué había hecho? Tanto esfuerzo, tanto camino andado, el viaje tan largo. No había servido para nada. Recordó lo que él había sido. El hoyo nº 18, el final pero también el principio. El descanso del guerrero, la alegría del vencedor y la tristeza del vencido. Tal vez no fuera un paraíso ni tuviera las mejores vistas pero al menos no era peligroso. Y entonces lo entendió. Su lugar era ese. Ni más ni menos. El mismo hoyo nº 18.

Volvió a casa satisfecho, con la cabeza alta y el pecho henchido de orgullo. Y se quedó allí. Quieto y expectante. Esperando a que algún golfista atrevido tuviera la valentía necesaria para llegar a su green y conquistarlo.



02. EL ORIGEN DE LOS CUENTOS DE HADAS Y SU INTERÉS HUMANO



Aquí tenéis el segundo artículo sobre Cuentoterapia en el blog de Teo Palacios. En este os hablo del origen de los cuentos y su finalidad última: descifrar el mensaje oculto que tienen para ti.







01. CUENTOTERAPIA: EL PODER SANADOR DE LAS PALABRAS

Quiero compartir con vosotros los artículos que voy a ir escribiendo para el blog de Teo Palacios sobre Cuentoterapia y Narrativa terapéutica o, si lo preferís, cómo los cuentos nos ayudan a sanar nuestras heridas más profundas. 

Este es el primero de una larga serie (o eso espero):

Cuentoterapia: el poder sanador de las palabras


viernes, 12 de mayo de 2017

43. Kinderwunsch y el Día de la Madre


Este pasado fin de semana se celebró el día de la madre. Sinceramente, nunca le había prestado mucha atención pero este año lo he sentido diferente. Y es que la búsqueda de prole puede llegar a ser desquiciante. De repente, se te cruzan los cables y sientes una envidia terrible de aquellas personas que ya poseen aquel precioso tesoro: un hij@. Yo nunca me he considerado una persona celosa o rencorosa pero, al final, este camino sin fin te hace perder la poca cordura que te queda. La respuesta más común es que te relajes, que no pienses, que te rindas, que la adopción también es una opción. Pero nada, esas palabras de consuelo hieren más que la cruda realidad. Y es que, mes a mes, la sensación de fracaso se hace más intensa.
Una de las cosas que más me ha gustado de este día de la madre, a pesar de todos los baches que hemos ido encontrando en el camino, es que los límites de la maternidad se van diluyendo poco a poco y ya no se considera sólo madre a la que pare sino que el abanico se abre mostrando nuevos tonos de gris como muestra la siguiente reflexión que una amiga escribió en su muro de Facebook:
“La maternidad no empieza justo con el nacimiento de un hijo, empieza mucho antes para aquellas mujeres que quieren ser madres. Muchos sentimientos que se mueven: amor, miedo, valentía, desesperación, silencio, generosidad...No todas tenemos un camino fácil hasta lograrlo. Algunas tardan años en lograr un embarazo, otras pueden ver partir sus pequeños antes de tiempo, otras se enfrentarán a largos y difíciles procesos de adopción o tratamientos... otras deberán asumir que nunca llegará ese bebé amado y tener la fuerza interior de reenfocar ese deseo... Hoy me acuerdo sobre todo de esas madres, las otras madres humanas, quizás las más silenciadas, mi admiración y respeto, a las luchadoras que conozco y están o estuvieron en eso. Ellas también son madres.” Cristina García
Y es que hay poca visibilidad y comprensión para con aquellas madres todavía en proceso de búsqueda. La sensación de desconsuelo es a veces tan enorme que aunque la intención principal de los que intentan ayudar, sea esa, la de ayudar; en realidad, hacen que el dolor sea aún más intenso si cabe. Hay pocas ya-madres que recuerden las dificultades que pasaron antes de tener a su hij@. Todas afirman que una vez lo tienes, lo sufrido con anterioridad se olvida. Es en ese grupo en el que esperarías mayor comprensión y, sin embargo, pasa todo lo contrario.


Por eso cuando tuve el libro “Quién quiere ser madre” entre mis manos en el Sant Jordi de este año no pude resistirme y lo compré. Cada capítulo, corto y conciso, me hizo recordar cada una de las etapas por las que estoy pasando: la ansiedad de la espera, las pruebas de embarazo, la percepción de síntomas inexistentes, la necesidad de saber porqué no puedo quedarme, la tristeza de ver que otras ya lo han conseguido… Así que respiré profundamente y me sentí más tranquila de repente. Hay más como yo. No estoy loca. La protagonista que a los 40 se da cuenta que ha postergado demasiado la maternidad cae en barrena tras la muerte de su padre y, mientras vive el duelo de la pérdida, revive cada mes un duelo más por aquel hij@ que no acaba de llegar. Porque, no lo dudéis, que cada vez que baja la regla es la señal de que has sufrido una pérdida más.

Llega un momento, sin embargo, en el que te rindes, en que tocas fondo porque tu vida se ha reducido a esa eterna búsqueda y parece no haber nada más. Vives en un limbo donde lo único que parece importar es que por fin llegue ese positivo que estás anhelando después de tanto tiempo. De final abierto, el libro acaba justo en la etapa en la que me encuentro ahora. 

La ansiedad ha bajado y ya he aceptado que lo que pase será lo que tenga que pasar. Los días de pánico han pasado porque, al final, la vida tiene que avanzar. Sé que seré madre, bueno, rectifico, ya lo soy porque el Kinderwunsch (el deseo de ser madre) ya arde en mi interior. Ahora sólo cabe esperar que el universo conspire a mi favor y todo se alinee para que la luz al final del túnel brille con fuerza.  Y si no, siempre hay un plan B y un C. Hasta la Z aún queda camino por andar. 

lunes, 1 de mayo de 2017

NZ1. 800 palabras

Hace años que me obsesiona Nueva Zelanda. Mi mente lo ve como aquel paraíso en la tierra tan lejano a mi rutina que me dará la libertad que siempre tengo la sensación que me falta. Mi fantasía me transporta a una granja en medio de la nada con un huerto orgánico y vistas a la Bay of Plenty, un lugar tranquilo y relajado donde pueda escribir y dedicarme a la encuadernación sin las preocupaciones del día a día, del trabajo y de los compromisos sociales. No me preguntéis por el motivo pero Jack Johnson y Jason Mraz me trasladan a mi retiro espiritual imaginario cada vez que cierro los ojos en busca de una vía de escape porque, a veces, la vida me abruma. Así que, con la música retumbando en mi cabeza y con los recuerdos de mi estancia en Nueza Zelanda encendidos, he decidido, tras la renuncia a mi doctorado, abrir una ventana a mi paraíso personal, a ese lugar de paz donde en alguna otra vida viví y en alguna otra viviré. 

800 words es una de mis series de televisión favoritas en este momento. La descubrí el año pasado y no puedo estar más contenta con el hallazgo. George Turner, un columnista australiano famoso, decide comprar una casa en Weld, un pueblecito costero imaginario de Nueva Zelanda, tras la muerte repentina de su mujer. Necesita empezar de nuevo en un lugar tranquilo en aquel pueblo donde pasaba sus vacaciones veraniegas de pequeño, rodearse de memorias felices en esos momentos de extremo dolor. Sus dos hijos no piensan lo mismo y se ven arrastrados a esa locura transitoria de su padre. Al llegar, la casa es una ruina y la idea de que aquello ha sido un error cobra más fuerza. Sin embargo, los habitantes de aquel peculiar lugar le muestran que Weld es el lugar perfecto para comenzar su nueva vida. 

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con irse muy lejos de casa? Empezar de nuevo, en un lugar tranquilo y hermoso, rodeado de naturaleza y con la playa a un tiro de piedra para surfear. Yo levanto la mano animosamente y me confieso. Hubo un momento en la vida que hubiera hecho las maletas y me hubiera ido allí con los ojos cerrados. Pero al final la vida me atropelló y aquí estoy escribiendo desde mi despacho que no tiene vistas ni al mar ni a la naturaleza exótica pero que es la vida que al final he decidido vivir a pesar de que a veces no sea la más tranquila. Y es que aquí el tiempo pasa a otra velocidad, demasiado rápido como para poder apreciar lo bonito que me rodea. Mi mente escapa a fantasear a esa ventana de vacaciones perpetuas donde yo pueda elegir mi ritmo y mi propio tiempo. Mi cordura me lo agradece a duras penas.

George acaba adaptándose a esa manera de vivir donde aparentemente nunca pasa nada pero que a un nivel más profundo le conecta a su dolor, a él mismo y a su propia vida. Sus hijos, olvidando los primeros problemas de adaptación a la nueva realidad, también encuentran su lugar en el mundo, aceptan la pérdida de su madre y logran rehacer sus vidas a paso lento. 

Cambiar de aires ayuda a ver las cosas desde una perspectiva diferente, te coloca frente al problema que quieres ignorar porque si piensas que yéndote lejos tus problemas se van a solucionar por sí solos lo llevas claro. Puedo hablar por experiencia propia cuando digo que los fantasmas te persiguen allá donde vayas. Lo que hagas con ellos es lo que marca la diferencia entre superar lo que te atormenta o vivir en un sufrimiento continuo. Por eso llegó un momento en mi vida que se me mostró la necesidad de establecerme en algún lugar y lidiar con mis fantasmas personales. Y es cuando siento el impulso de irme muy lejos cuando me doy cuenta de que algo no está funcionando como debiera. No estoy hablando de ese deseo de conocer mundo por el placer de conocerlo, sino unas ganas enormes de hacer las maletas, buscar una beca o un nuevo trabajo e irme a vivir muy lejos. Así que aquí estoy de nuevo, escribiendo para reconectarme, para intentar descubrir qué necesito en vez de lanzarme kamikaze a aquello que quiero porque a veces lo que quiero, no es lo que necesito y es muy duro darse cuenta de ello.



No prometo regularidad como en otras ocasiones. Escribiré cuando el alma me lo demande, porque ahora quiero escuchar a mi corazón, dejar que mi alma hable y ver hacia dónde me lleva la intuición. Acabé con la planificación de mi vida, surfearé las olas tal como vengan porque al final esa es la emoción de la vida que hemos elegido.



martes, 1 de noviembre de 2016

14. TRECE MANERAS DE MORIR

Cuando en Factoría de Autores nos propusieron una recopilación de cuentos a los alumnos de la escuela, no me lo pensé dos veces. Era una una oportunidad única para vivir de primera mano todo el proceso en la creación de una antología: la elección de los cuentos, la edición y la publicación. Fueron meses de trabajo y de nervios porque era algo nuevo para mí.
"Al romper el Alba" fue la historia que presenté y fue seleccionada. Una historia que nació originariamente en inglés con pretensiones de terror y que se alejaba mucho de las mil palabras a las que estoy acostumbrada a escribir para un cuento. Es complicado romper el esquema una vez se automatiza una estructura y por eso me cuesta tanto pasarme a la novela. Soy cuentista y una cuentista de mil palabras. La etiqueta se pegaba a mis palabras y me bloqueaba una y otra vez.
El hilo conductor de la antología es "una muerte inesperada" y con ese leitmotiv construí una historia a dos voces con nocturnidad y alevosía."At the Break of Dawn", como era su título original, fue la primera historia en evolucionar y podía crecer por ella misma hasta sobrepasar las tres mil palabras. También era la que podía sacarme de zona de confort. Los que me leéis sabéis que mis cuentos siempre tiene luz al final del túnel, intentan tener un mensaje de esperanza, son un poco flower power en resumidas cuentas. Con "Al romper el alba" se abría la oportunidad de hacer cosas diferentes, lejos de mis preferencias narrativas. Así que me adentré en el terror con criaturas de la noche que se alejan de la luz con la que me gusta trabajar.
Tras meses de trabajo, tuvimos que elegir dónde publicábamos la antología. Decidimos que debíamos de dedicarla a una buena obra ya que no nos íbamos a hacer millonari@s al tener que dividir las ganancias entre todos los que habíamos participado. Save the Children fue nuestra elección. Tiene una plataforma donde se puede colgar el libro en cuestión y los beneficios van dedicados a los proyectos de la ONG. Nuestra antología se llama "13 Maneras de morir" y está disponible a 1 euro (clica en la imagen para conseguir una copia):


Si quieres una buena lectura en el Día de los Muertos o sientes la imperiosa necesidad de hacer una buena obra pero no tienes el tiempo o el dinero necesario. Ya sabes: Compra nuestra antología. No te arrepentirás.