lunes, 29 de octubre de 2012

CRUCE DE CAMINOS





Ilustrador: Raúl Campuzano

María volvía a mirar el mapa que tenía en las manos con preocupación. ¿Cómo había llegado a aquel lugar otra vez? El mismo claro en el bosque, la misma roca, los mismos árboles. Se sentó por tercera vez en la roca mientras intentaba leer aquel mapa ilegible, aquel mapa que parecía escrito en otra lengua desconocida para ella. Lo lanzó contra el suelo con frustración. ¿Y ahora qué? ¿Esperaba que alguien viniera a rescatarla como una damisela en apuros? No podía ser. Si se había apuntado a la carrera de orientación era para probar que podía hacer las cosas ella misma, sin la ayuda de nadie, ser autónoma por un día, independiente… Por supuesto no había tenido en cuenta que ya le costaba diferenciar la derecha de la izquierda en su vida cotidiana… ¿Qué problemas podía tener en leer un mapa mientras corría por medio del bosque? Ninguno… Optimista, sí que lo era… Miró el cielo azul y claro. No había ninguna nube que manchara aquel tapiz impoluto. ¡Se estaba tan bien! Pero el sol ya estaba alto y tenía que hacer alguna cosa por tal de llegar a la meta, para llegar a casa.
María respiró profundamente, se levantó lentamente y fue a buscar el mapa que el aire había enganchado en unas margaritas silvestres. Lo giró varias veces hasta que encontró la posición correcta de la representación geométrica en el papel arrugado. Por eliminación escogió la senda de la derecha por dónde aún no había pasado. Volvió a sumergirse en el bosque frondoso con la esperanza de encontrar la dirección correcta. Caminaba y caminaba. María se sentía agotada. Sus pies se arrastraban esquivando las piedras del suelo. Se arrepentía tanto de haber  venido…. Ahora estaría en casa, leyendo un buen libro o cocinando o simplemente dormitando en el sofá. Pero no, ella tenía que hacerse la valiente y demostrar a todo el mundo que era capaz de ganar aquella carrera. Orgullo traidor. No le volvería a hacer caso. Prometido. Ya sabía, sin embargo, que no tardaría en romper esa promesa. ¿Tanto le importaba lo que pensara la gente? El cansancio ya no la dejaba ni pensar. No tenía que demostrar nada a nadie pero allí estaba ella, perdida en medio del bosque demasiado engreída como para aceptar la ayuda de nadie. Ya no tenía fuerzas ni para llorar. De repente, un único pensamiento le ocupó la cabeza: aquel caminito tortuoso la llevaría a su destino, el que fuera, pero su propio destino. Dejó de preocuparse y continuó el camino mirando el suelo, observando detenidamente lo que pisaban sus pies. Un par de horas de atento deambular y llegó a lo que parecía el final del camino, su destino estaba delante de ella… Seguro que esta vez no se había perdido. Aguantó la respiración por unos segundos como si estuviera a punto de zambullirse en un mar profundo, cerró los ojos y dio su último paso.
María sonrió, sentía otra presencia cerca. Debía ser otro participante que la ayudaría a encontrar la dirección correcta. Emocionada, abrió los ojos. Allí había un participante. Tenía un número adosado a su pecho, igual que ella; así que no había ningún tipo de duda de que él era otro corredor. María se lo quedó mirando fijamente como si mentalmente le estuviera llamando la atención. Entendió casi inmediatamente que aquel hombre no podría ayudarla. Estaba sentado en su roca, aquella en la que ya se había sentado ella tres veces, y miraba frustrado el mapa arrugado. Él también estaba perdido.
-Hola- dijo ella tímidamente. Él levantó la cabeza y la miró. Aquellos ojos negros se le clavaron directamente en el alma.- ¿También te has perdido?
-¿Perdido? ¿Yo?- rió y se dirigió a María sin dejar de mirarla.- Creo que nos acabamos de encontrar.  
Y fue, en aquel preciso instante, que, aquel desconocido, hizo recordar a María lo que era confiar en alguien. El sol marcó el mediodía y el tiempo se paró, inexorablemente.   

Publicación de origen: 

Valors nº 97: Els castells (català)       




lunes, 22 de octubre de 2012

23. ¿Te atreves a comprar un billete para el futuro?

Elegir el motivo que me llevó a comprar “Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí” sería complicado: Un título de lo más sugerente, una portada intrigante (¿Qué hace un koala en una farola mirando fijamente hacia mi?), una colección de cuentos diferente, un contexto distópico futurista y una pregunta retadora ¿te atreves a comprar un billete para el futuro? ¿Yo? ¿Qué si me atrevo? ¡Por supuesto! Y tardé poco en llevarme esta sublime historia a mi casa.
El primer cuento se titula “Cómo extirpé a Dios del cuerpo a un chica” y establece el tono del libro (podéis leer y juzgar vosotros mismos clicando en el título): irreverente, sincero, resacoso… Fue como tomar un brandy añejo en un bar cutre de carretera. Al acabar la historia, deseé que no fuera sólo un cuento. Quería más. Aquella atmósfera se merecía una novela. Resignada inicié la lectura de “Génesis Citybis” y comprendí que aquello era mejor que una novela. Los cuentos parecen estar conectados a través de los personajes y en los lugares en los que se mueven. Sus historias son potentes, descarnadas, redondas, acabadas. Y aún así,  viajando por cada uno de los cuentos, se dibuja a la perfección un futuro no tan lejano común en todas ellas, un futuro que parece estar a la vuelta de la esquina, que puedes tocar con la yema de los dedos y quemarte.  Ese futuro es el hilo invisible que une a los personajes y atrapa al lector. ¿Y cómo lo hace?

En un entorno que recuerda al presentado por Black Mirror, la siguiente generación intenta sobrevivir en una metrópolis que les supera, donde todo es exponencialmente más grande de lo que la gente que allí vive puede manejar. Los personajes están abrumados y se desconectan de ellos mismos por tal de no morir de saturación en una sociedad tremendamente cruda, solitaria y consumista. El sexo y las compras compulsivas son la vía de escape de personas que son incapaces de vivir. Son muertos vivientes que se mueven por inercia, por los dictámenes que les marca esa sociedad cruel que les ha tocado vivir. Analfabetos emocionales que ni tan siquiera intentan cambiar ese mundo porque están tan desconectados que no ven más allá de satisfacer su propio placer inmediato. Minusválidos en establecer relaciones personales con sus familias, amigos y parejas que se esconden en el sexo y la confrontación para sentir que algo les une todavía.

Si tuviera que destacar mi cuento favorito sería “De la mano a la boca”. Liesbeth, la protagonista, es una farsante: “perfecta” ama de casa que miente a su marido llevando a sus hijos a la guardería mientras escribe libros como si fuera una superviviente de un cáncer que nunca tuvo. La historia empieza con el dilema de Liesbeth por encontrar un final para su último libro. Sabe perfectamente lo que esperan las ávidas lectoras de ese tipo de “literatura” pero una parte de ella se resiste a darles lo que quieren y eso la lleva a reflexionar sobre su propia vida: ¿no es eso lo que ha estado haciendo toda su vida: hacer lo que se supone que otros esperan de ella?

"Liesbeth y Sara se conocieron a los dieciséis años, cuando trazaron El Plan: una serie de pasos bien definidos que conducirían en última instancia a la felicidad en estado puro.


Todo se desarrolló según lo previsto, empezando por la pérdida de la virginidad a los diecisiete con el mismo chico que su amiga. A los dieciocho se matriculó en la carrera que le recomendaron. A los diecinueve alquiló un piso con su amiga. A los veinte vivió los mejores días de su vida: Una fiesta detrás de otra y cientos de amigos. A los veintiuno, un novio perfecto y buenas notas. A los veintidós terminó la carrera y vivió un año en casa para ahorrar para un coche. A los veintitrés, un coche y el trabajo para el cual se había preparado. A los veinticuatro apareció él, justo a tiempo para el matrimonio que tenía planificado; una año ahorrado para comprar algo juntos. A los veinticinco, una casa en un barrio tranquilo con un colegio cerca; todo el mundo aseguraba que Liesbeth iba por buen camino. A los veintisiete, un hijo; dejó el trabajo y todo el mundo opinó que había tomado la mejor decisión. A los veintiocho, su marido empezó a preocuparse porque tardaba mucho en perder la grasa del embarazo, y tenía razón pero Liesbeth negaba la mayor. A los veitinueve, otro crío. A partir de ese momento, trabajar fuera de casa ya no era una opción. Así opinaba todo el mundo. A los treinta, ahorró para un viaje hacia el sur.

Y después, nada más.

El Plan sólo iba hasta los treinta. Llegado ese momento se suponía que ya debía ser feliz. Sin embargo, a pesar de haber cumplido los plazos rigurosamente, los frutos obtenidos son escasos y amargos. Liesbeth no se siente feliz, ni satisfecha, ni orgullosa."


La historia de Liesbeth me resonaba familiar (exceptuando lo del marido y los niños). ¿Cuántos trazamos un plan, El Plan, para ser felices pero una vez lo hemos conseguido nos encontramos que un vacío atroz nos roe las entrañas? Un día te levantas y te preguntas: ¿Qué parte de mi vida es mía? ¿Qué parte de mi vida es de los demás? Y no es que me arrepienta de nada de lo que he hecho en mi vida porque no estaría donde estoy, ni me estaría haciendo estas preguntas. El camino hecho, hecho está. Liesbeth tomó la salida fácil y desapareció. Se fue a empezar la vida que ella quería llevar lejos de su marido, lejos de sus hijos. La desesperación interior la abrumó tanto que necesitaba huir para poder volver a respirar. Yo soy de las que ha aprendido que huir de tu vida no te lleva a ninguna a ninguna parte como las escaleras de Escher. Así que ¿por qué no cambiar tu vida a partir de dónde te encuentres ahora? Tomar las riendas de lo que va a ser tu vida, aceptando que no le va a gustar a todos, asimilando los fracasos y celebrando los éxitos de lo que tú y sólo tú eres responsable. Así qué ¿te atreves a comprar el billete para tu futuro?




lunes, 8 de octubre de 2012

22. "Si te mezclas a diario con libros malos, inteligente no te vuelves."

Cuando algo me preocupa o me ronda la cabeza, cuando estoy triste o confusa, cuando tengo que tomar decisiones importantes o he tenido un mal día en el trabajo; me gusta perderme en una librería. Es mi refugio, mi propio paraíso en la tierra. Me gusta dar vueltas por los pasillos, que mis yemas rocen las tapas, que mis ojos lean alguna contraportada, enamorarme de una buena historia y llevármela a casa para disfrutarla íntimamente. El jueves mi mente era una nube borrascosa con mucho ruido interior así que mis pies me guiaron sin pensar a la librería más cercana. Sólo con entrar me relajé y sonreí. Adoro el olor a libros nuevos. Me dejé llevar por mi brújula interna hacia el libro que necesitaba leer. Nunca sé exactamente qué libro busco. Normalmente son ellos los que me encuentran a mí. Más tarde o más temprano las historias que quiero leer acaban entre mis manos sin casi proponérmelo. Y aquel día los afortunados fueron: La renuncia de Edith Wharton, Todo se desmorona de Chinua Achebe, Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí de Joost Vandecasteele y Signatura 400 Sophie Divry. Ya los títulos son inquietantes. Qué me llevó hasta ellos, no lo sabré hasta haberlos leído. Habrá que escuchar al oráculo y ver si llego a alguna conclusión de todo ello. Así que tras haber desvelado mis próximas reseñas literarias comienzo con la primera. 
Signatura 400 de Sophie Divry es un “divertimento” que hay que leer. Cada día me gustan más los libros de Blackie Books, no son simples historias. Tras esa apariencia desenfadada en los libros se oculta un tesoro aún por descubrir. Lo mismo sucede con Signatura 400: Un pequeño monólogo de no más de 100 páginas que despierta conciencias contundentemente. Al final va a ser verdad eso que dicen que las cosas buenas vienen en frascos pequeños. En seguida me identifiqué con la protagonista y única narradora de la historia: Una bibliotecaria neurótica que aprovecha el descuido de un usuario (se quedó dormido en la sala de geografía) para desahogarse y explicarle su vida, sus miedos, sus inquietudes, sus neuras, sus paranoias y sus sueños más profundos. No hay más voces en la historia que la de ella pero ni tan siquiera las echas en falta. El monólogo es una liberación para ella. Por primera vez se hace visible, es escuchada; aunque sea a la fuerza.  
La responsable de la sala de geografía (una sala en el sótano que no es para nada concurrida) es un “mujer invisible”, sin nombre, “una taylorizada de la cultura”, una profesora frustrada, una esposa abandonada por su marido que se va con una “burócrata nuclear”. Está llena de manías rayando incluso el síndrome de trastorno obsesivo-complusivo, impecable cumplidora de normas y fetiche de las nucas ajenas. Todo un personaje que a primera vista podría sonar repulsiva pero que esconde una pasión decimonónica que es digna de admirar por los libros, por su trabajo, por la lectura, por Martin. Tiene una vida interior que ya la quisieran muchos. Ideas claras de un mundo que ella mide a través de la biblioteca. El microuniverso bibliotecario se refleja en la sociedad de una forma clara y cristalina. Crítica mordaz a la educación con respecto a la lectura, a las rutinas de ocio, a la jerarquía y a las normas absurdas, a la mala literatura o a los libros que tienes fecha de caducidad, a las relaciones humanas. 
Sophie Divry
Es un libro poderoso. Dice tantas cosas en tan poco espacio que es difícil hacer un resumen exacto. Comparto muchos pareceres con la protagonista, la entiendo porque yo antes era como ella. Hasta que llegó el día en que sentí la necesidad de poner orden a mis pensamientos y empecé a escribir este blog. Siento comunicaros que vosotros sois los usuarios de la sala de geografía a los que el sueño nocturno dejó encerrados y atrapados pero, vosotros, sois libres de seguir leyendo o no. Esa es la diferencia. Vosotros habéis decidido libremente leer a esta “bibliotecaria en el sótano” y con ello me habéis hecho visible. El pobre usuario no tuvo opción, se vio obligado a quedarse allí escuchando las palabras liberadas de la bibliotecaria hasta que el edificio abrió sus puertas al público. Al final sentí mucha pena por ella y, un poco, también por mí. Necesitar hablar y que nadie te vea es muy frustrante. No habría que llegar a ciertos límites, a esperar que el volcán estalle. SPEAK UP!!! (¡¡¡HABLAD!!!). No seáis una bibliotecaria encerrada en un sótano. Subid a la luz y haceros ver. Seguro que lo que tenéis que decir interesa a muchos más de los que podéis llegar a pensar.  


martes, 2 de octubre de 2012

21. La Ola (Die Welle): ¿Creías que no se podía volver a repetir?




Y con La Ola (Die Welle) cierro la trilogía de entradas sobre la educación. Hace años que descubrí esta película a través de un amigo y me dejó huella ya entonces. Y no sé porqué me volvió a venir a la cabeza no hace mucho. Supongo que son los tiempos que estamos viviendo, tanta tensión social, tanto descontento generalizado, tanta violencia desmesurada. Ni en las escuelas estamos a salvo. Me parece adecuado recordar esta película justo en este momento a colación de las dos últimas entradas que he publicado: 19. La vuelta al cole: La educación prohibida donde narraba el adoctrinamiento de los alumnos para crear ciudadanos más dóciles y la 20. Nada donde la fuerza del grupo en pos de un objetivo aparentemente positivo les lleva a cometer atrocidades justificadas por el éxito de su empresa. La Ola (Die Welle) combina ambos  temas a la perfección. 



Rainer Wenger es un profesor que no destaca por su calidad docente. Es uno de esos profes-colega que cae bien a los alumnos porque les hace trabajar más bien poco. De okupa reciclado a docente en las materias de deporte y política (no muy apreciadas por sus compañeros con asignaturas más serias) pasa a dar un seminario de Autocracia en la semana de proyectos por no presentar la programación de la asignatura de Anarquía a tiempo (válgase la paradoja de tener que presentar una programación para hacer la mencionada clase). En fin, que al final le toca dar la clase de autocracia y para “motivar” (palabra clave en la educación de hoy en día porque no eres un buen profe si no motivas a tus alumnos, que aprendan o no está en segundo plano) decide poner los principios de la autocracia en práctica, como un experimento.
¿Qué es la autocracia? Según la RAE es un “sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley”. La Ola (Die Welle), película de origen alemán, construye la historia alrededor de la pregunta de si podría volver a haber una dictadura en Alemania hoy en día cuando se supone que la sociedad ha aprendido de errores pasados. ¿Es eso realmente cierto? ¿Hemos aprendido la lección? Analicemos entonces: ¿Qué factores tienen que darse para que una autocracia tenga éxito? Los alumnos del señor Wenger los enumeran: alto nivel de desempleo, decepción política, injusticia social, nacionalismo extremo… ¿a qué os resuena? ¿tan alejado está de nuestra realidad actual? Aunque es imprescindible que se dé otro factor: la presencia de un líder claro al que todos tengan respeto (así que respiremos tranquilos porque si tenemos que encontrar un líder medio en condiciones hoy en día, lo llevamos claro). Ese líder en La Ola será Rainer Wenger, el señor Wenger.
La película sucede en una semana. Con el paso de los días, la autocracia experimental va calando en los adolescentes casi sin darse cuenta: acuerdan un nombre para el grupo que los diferencie de las demás clases, un uniforme para que todos reconozcan su pertenencia al nuevo movimiento, un logo con el que irán empapelando y pintando toda la ciudad para dejar su huella, un saludo para formar parte de una comunidad, un enemigo común, los anarquistas, a los que desprecian y con los que inician una guerra sin cuartel. Se sienten fuertes y protegidos por el grupo, encuentran su voz y su confianza, tienen objetivos comunes y se apoyan porque pertenecen al mismo grupo, a esa familia paralela que han creado y en la que creen. “No todo fue malo” en el experimento aunque se les fuera de las manos.
Dos personajes destacan por su maleabilidad en la manipulación mental perpretada por el señor Wenger. A un extremo está Tim que convierte La Ola en su vida, se siente fuerte y poderoso en el grupo, adora al profesor y lo protege con su vida. De repente su vida cobra sentido. Tim es fácilmente manipulable: una chico al que le falta un hervor, al que molestan y del que se aprovechan sus compañeros por su falta de picardía, al que la familia no le echa demasiada cuenta, con tendencias inestables y cercanas a la violencia… Carne fresca para el nuevo sistema autócrata establecido en la clase. Y al otro lado; Karo, acostumbrada a ser el centro de atención, a que se haga lo que ella quiere, a la que nadie le discute nada, una líder nata; a la que no le gusta nada cómo la clase de autocracia se transforma en un experimento que nadie cuestiona ni contradice. Ella es la única que opone resistencia al nuevo sistema y La Ola se encarga una y otra vez de reventarle sus planes de boicot. Ella será la que dé la primera voz de alarma aunque cuando Rainer es consciente de lo que le decía Karo, el experimento ya llevaba tiempo fuera de su control.
La Ola (Die Welle) muestra lo fácil que puede ser manipular a las masas, sobre todo a los jóvenes, y que, aunque pensemos que ya hemos aprendido la lección, nunca se sabe cuándo y dónde saldrá un nuevo autócrata que quiera imponer un nuevo sistema social “mejor”. Da un poco de vértigo pensar en lo sencillo que es desembocar en una dictadura cuando la democracia irreal en la que vivimos va cayendo a pedazos día tras día. Está entonces en nuestras manos enseñar en valores democráticos y positivos en pos a una sociedad mejor. Rainer aprendió que la enseñanza nunca puede ser un juego porque se tocan mentes que son fácilmente influenciables y maleables. Lamentablemente cuando se dio cuenta de su error ya era demasiado tarde. Así que ¿aún pensáis que hemos aprendido de errores pasados? Visionad la película y volved a haceros esta pregunta. Realmente os sorprenderá la respuesta.