lunes, 22 de julio de 2013

LA VENTANA




La casa llevaba cerrada ya demasiado tiempo. Abrí la puerta de entrada con esfuerzo. Las bisagras chirriaron oxidadas por las inclemencias del tiempo. Al entrar, el polvo suspendido en el aire atascó mis vías respiratorias. Fueron unos segundos de ataque furtivo. Mis ojos lloraron, mi garganta carraspeó. La oscuridad lo inundaba todo. El olor a cerrado era nauseabundo. La falta de luz me asustaba, así que me di prisa en abrir los porticones de madera. Una luz plateada suavizó la atmósfera. Entonces maldije aquella reunión eterna, el tráfico lento a la salida de la ciudad y los trabajos infinitos en la carretera. Me hubiera gustado llegar con luz diurna. Me hubiera sentido más segura.
Busqué la linterna en mi bolso. Los plomos deberían estar detrás de la puerta si recordaba bien. Y, como era de esperar, seguían allí. Los  subí y una luz mortecina inundó la estancia. Las bombillas estaban envueltas en madejas de telarañas que se enroscaban como las hiedras del jardín. Los muebles estaban cubiertos con sábanas descoloridas y amarillentas. Pasé el dedo por el mueble de la tele y se tiznó de gris. Me arrepentí de no haber llegado con más tiempo una vez más. Dormir con tanto polvo no debía ser bueno. Me encogí de hombros y me dirigí a la cocina. Dejé la bolsa de comida que llevaba en la encimera y abrí el frigorífico. Funcionaba. Respiré tranquila. Guardé la bolsa en su interior y me dirigí a la habitación.
Toqué el interruptor en la oscuridad. Una luz apagada me deslumbró por un segundo. Barrí con la mirada la estancia. Polvo. Sólo veía polvo. Puse cara de asco y salí a buscar mis trastos. Iba a pasar una buena temporada en aquella casa cansada y era lo que había. Tendría que servir. Había sido mi elección. Dejarlo todo y alejarme del mundanal ruido. Iba a escribir. Escribir mucho. No sabía sobre qué. Pero iba a escribir. En tres viajes lo tuve todo en la casa. Cerré con llave. Me di cuenta de la absurdidad acometida nada más escuchar cómo los seguros del  coche se cerraban. No había nadie allí. Nadie podría llevarse mi coche. Estaba segura.
Reposé mi cuerpo contra la puerta. Respiré profundamente. Me sentí tranquila. Atrapé mi maleta. La abrí encima del colchón y una nube de polvo me hizo toser con fuerza. Era irritante. Tosí, tosí y tosí hasta que las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas. El polvo desapareció. Mis lágrimas habían encontrado la escusa perfecta para escapar y rompí en un llanto profundo mientras deshacía la maleta. Lentamente, las prendas iban adormeciéndose en los cajones recién desempolvados. 
Un delicado golpeteo me sacó de la tarea que realizaba. Busqué por toda la habitación. No llovía, no pasaba corriente por ningún lado, no había nada suelto… Y entonces la vi. Vi aquella polilla que chocaba una y otra vez contra la luz lánguida como si quisiera traspasar la bombilla para atrapar el ansiado sol artificial. Me limpié las lágrimas con las yemas de los dedos. Y sonreí. Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par. Una fresca brisa me acarició el rostro. Cerré los ojos y respiré profundamente. Pronto escuché un aleteo sutil que me pasaba por el hombro. Acompañé con la mirada el camino de la polilla adentrándose en la oscuridad de la noche. Desapareció. El bosque la acogió en sus brazos. Y yo... Yo volví a respirar.  

También lo podéis encontrar en: http://www.paziencia.com/blog/la-ventana/





lunes, 11 de marzo de 2013

32. El cultivo del bambú chino.


Y en especial para Luisa, un alma muy familiar. 
"Leo sin mucha curiosidad un artículo sobre el bambú chino. Después de plantada la semilla no se ve nada durante aproximadamente cinco años, salvo un brote diminuto. Todo el crecimiento es subterráneo, se está construyendo una compleja estructura de raíces que se extiende vertical y horizontalmente por la tierra. Entones, al final del quinto año, el bambú chino crece velozmente hasta alcanzar una altura de veinticinco metros..."

"Aleph", Paulo Coelho.
Los que me siguen en mi perfil de facebook ya se habrán dado cuenta de mi inactividad en la red social últimamente. Y no es que me haya tomado unas pequeñas vacaciones, aunque realmente las necesite, sino que estoy a punto de cerrar un círculo muy importante en mi vida: mis ojos. Tranquilos que no vuelven a estar malitos. Van a entrar en la última fase de recuperación que implicará una mejora en mi calidad visual. Y eso es motivo de celebración, no de tristeza. Así que a partir de mañana este blog permanecerá temporalmente inactivo hasta que acabe de cerrar este episodio en mi vida. Prometo volver y con energías renovadas. Realmente os echaré de menos. No quiero dar fechas de vuelta porque volveré cuando tenga que volver, cuando ya esté recuperada del todo. Ahora necesito tiempo para mí y me gustaría que lo entendierais. 
Y buscando ese anhelado tiempo para mí me refugié una vez más en la lectura. Hice una compra de libros por internet y El Aleph de Paulo Coelho estaba a 2 euros así que lo compré sin pensarlo mucho. Nunca he sido muy fan del escritor porque se me hace un poco resabido y arrogante aunque me he leído varios de sus libros (todos en formato de bolsillo y rebajados). Coelho dice cosas tan simples y evidentes que no parecen importantes a simple vista pero que conviene recordar de vez en cuando porque es  justamente en su simpleza donde se muestra algo mucho más profundo. 
"La verdadera sabiduría significa respetar las cosas
simples que hacemos, porque ellas nos pueden
llevar hacia donde necesitamos ir." Paulo Coelho
El Aleph es una obra autobiográfica. Coelho sufre una crisis espiritual y siente la necesidad de viajar para salir de su rutina. Inicia así su cruzada personal por averiguar el sentido último de su existencia. Se vuelca en la promoción de su libro y recorre varios países en poco tiempo aunque no acaba de encontrar lo que busca. Su punto de inflexión sucede cuando sube al Transiberiano acompañado de dos personajes que lo llevarán de la mano hacia su destino final: Hilal, una misteriosa violinista que se siente en deuda con el escritor con el que vivió una historia de amor en una vida anterior unos 500 años atrás y Yao, su traductor y maestro de aikido que le hará de espejo y lo ayudará a reflexionar sobre sus propias palabras.


El libro en sí no pasará a la historia de la literatura pero debo confesar que lo disfruté mucho hasta la mitad más o menos. En ese momento el escritor se transporta 500 años atrás para revivir su encuentro con la violinista. A partir de ahí, se vuelve repetitivo y pierde su fuerza espiritual. En cierta manera se convierte en una novela romántica sin mucho atino. Y el final pues, más o menos lo podéis deducir, tiene la gran revelación y sale de su crisis espiritual. 

A pesar de todo no encuentro que su lectura haya sido una pérdida de tiempo.Me recordó algo que tenía un poco olvidado: la interconectividad humana. Crea o no en la reencarnación sí que siento almas familiares a mi alrededor. No sé cómo explicarlo con palabras porque es más una sensación que otra cosa. Yo siempre he creído que las personas que se cruzan en mi camino, lo hacen por algún motivo. Pueden quedarse un largo trecho o son leves instantes en mi existencia. De todos he aprendido algo. Y de todas esas personas, hay algunas de ellas que son especiales. Yo las llamo almas familiares. Aquellas personas que acabo de conocer pero que en algún lugar muy dentro de mí reconozco como de toda la vida, como si hubiéramos vivido existencias anteriores, como si nos hubiéramos conocido hace mucho. Según las teorías de la reencarnación,en las existencias nos acompañan las mismas personas por tener temas pendientes o porque tiene que enseñarte algo. Reconozco que no soy muy ducha en el tema pero el Aleph juega con esta idea de conexión más allá del tiempo y del espacio. El Aleph es ese punto en el que dos almas se encuentran más allá del lugar físico o la concepción lineal del tiempo. Y es un tema realmente interesante.  

Debo confesar que El Aleph me ha hecho reflexionar sobre aquellas personas que se han cruzado en mi camino, aquellas almas familiares que se han reencontrado conmigo y han paseado a mi lado un rato. No puedo más que agradecer que hayáis sido vosotros, justo vosotros, mis maestros en este viaje que es la gran aventura de mi vida, los que me habéis ayudado a cultivar mi bambú chino. Gracias, gracias, gracias. Nos leemos pronto. XD  

lunes, 25 de febrero de 2013

UN HECHO DEL TODO EXTRAORDINARIO



La casa llevaba cerrada ya demasiado tiempo. Abrí la puerta de entrada con esfuerzo. Las bisagras chirriaron oxidadas por las inclemencias del tiempo. Al entrar, el polvo suspendido en el aire atascó mis vías respiratorias. Fueron unos segundos de ataque furtivo. Mis ojos lloraron, mi garganta carraspeó. La oscuridad lo inundaba todo. El olor a cerrado era nauseabundo. La falta de luz me asustaba, así que me di prisa en abrir los porticones de madera. Una luz plateada suavizó la atmósfera. Entonces maldije aquella reunión eterna, el tráfico lento a la salida de la ciudad y los trabajos infinitos en la carretera. Me hubiera gustado llegar con luz diurna. Me hubiera sentido más segura.
Busqué la linterna en mi bolso. Los plomos deberían estar detrás de la puerta si recordaba bien. Y, como era de esperar, seguían allí. Los  subí y una luz mortecina inundó la estancia. Las bombillas estaban envueltas en madejas de telarañas que se enroscaban como las hiedras del jardín. Los muebles estaban cubiertos con sábanas descoloridas y amarillentas. Pasé el dedo por el mueble de la tele y se tiznó de gris. Me arrepentí de no haber llegado con más tiempo una vez más. Dormir con tanto polvo no debía ser bueno. Me encogí de hombros y me dirigí a la cocina. Dejé la bolsa de comida que llevaba en la encimera y abrí el frigorífico. Funcionaba. Respiré tranquila. Guardé la bolsa en su interior y me dirigí a la habitación.
Toqué el interruptor en la oscuridad. Una luz apagada me deslumbró por un segundo. Barrí con la mirada la estancia. Polvo. Sólo veía polvo. Puse cara de asco y salí a buscar mis trastos. Iba a pasar una buena temporada en aquella casa cansada y era lo que había. Tendría que servir. Había sido mi elección. Dejarlo todo y alejarme del mundanal ruido. Iba a escribir. Escribir mucho. No sabía sobre qué. Pero iba a escribir. En tres viajes lo tuve todo en la casa. Cerré con llave. Me di cuenta de la absurdidad acometida nada más escuchar cómo los seguros del  coche se cerraban. No había nadie allí. Nadie podría llevarse mi coche. Estaba segura.
Reposé mi cuerpo contra la puerta. Respiré profundamente. Me sentí tranquila. Atrapé mi maleta. La abrí encima del colchón y una nube de polvo me hizo toser con fuerza. Era irritante. Tosí, tosí y tosí hasta que las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas. El polvo desapareció. Mis lágrimas habían encontrado la escusa perfecta para escapar y rompí en un llanto profundo mientras deshacía la maleta. Lentamente, las prendas iban adormeciéndose en los cajones recién desempolvados. 
Un delicado golpeteo me sacó de la tarea que realizaba. Busqué por toda la habitación. No llovía, no pasaba corriente por ningún lado, no había nada suelto… Y entonces la vi. Vi aquella polilla que chocaba una y otra vez contra la luz lánguida como si quisiera traspasar la bombilla para atrapar el ansiado sol artificial. Me limpié las lágrimas con las yemas de los dedos. Y sonreí. Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par. Una fresca brisa me acarició el rostro. Cerré los ojos y respiré profundamente. Pronto escuché un aleteo sutil que me pasaba por el hombro. Acompañé con la mirada el camino de la polilla adentrándose en la oscuridad de la noche. Desapareció. El bosque la acogió en sus brazos. Y yo... Yo volví a respirar.  

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lunes, 18 de febrero de 2013

31. Algún día este dolor te será útil.


Quien me conozca ya sabe, a estas alturas, de mi alta resistencia al dolor. Es algo que me intriga pero tampoco es algo que me quite el sueño. Hasta el momento me ha sido muy útil esa resistencia al dolor así que no me voy a quejar por ello. Comprenderéis entonces el motivo por el que "Algún día este dolor te será útil" entró en mi lista de lectura. Tal vez encuentre respuestas, me dije. Quise no dejarme influenciar y deseé no caer en la lectura de las numerosas críticas que corrían por la web. Pensé que a través de él se me revelaría una gran verdad, la respuesta que tanto anhelaba. Y no pude resistirme. Leí las críticas y entonces mis expectativas para con el libro escalaron exponencialmente. ¿Qué hacía que no lo había leído ya? El nuevo "guardián entre el centeno" reposaba en mi mesita de noche y nunca parecía encontrar el momento de leerlo. Eso sí. Las críticas seguían poniéndolo  por las nubes. Una nueva obra de arte. El mejor libro del momento. No te lo puedes perder. Parece mentira que a estas alturas no haya aprendido ya. Si es que siempre tropiezo con las mismas piedras. El márketing, siempre el maldito márketing.

Creé la atmósfera ideal, busqué el momento idóneo, puse la música más adecuada, una manta, un té y abrí el libro. Ay chic@s... ¿Intuís ya hacia dónde voy? Las expectativas. ¿Por qué las crearemos? No voy a decir que sea una mala novela porque no lo es. Tiene una mordaz ironía que te engancha y un protagonista de lo más curioso. Pero no pasa de ahí. Los personajes corales no dejan de ser pantomimas planas que no llevan a ninguna parte y la trama es más que discutible. ¿Y qué se puede decir del final? En serio. ¿Tengo que decirlo? A mitad de la novela el escritor se pierde y las promesas de un final original, rebelde, que aleccione a la sociedad se diluyen en un sinsentido. Decepción. Las expectativas que se desmoronan como un castillo de naipes y dices... Vaya en un suspiro triste y cansado.

No todo es malo en la novela. Realmente la primera mitad resulta refrescante e inusual. La ironía lo embarga todo y James Sveck, el protagonista, no deja de ser inquietante. Es una novela iniciática donde James se pierde en la toma de decisiones. Que tire la primera piedra la persona que no se haya sentido nunca sobrepasado por la toma de decisiones en momentos cruciales de su vida. James no quiere ir a Brown, la exitosa universidad. Únicamente quiere irse al Medio Oeste, comprarse una casa en el campo y leer. ¿No es el sueño de muchos de nosotros? Apartarnos del mundanal ruido, de la sociedad, de las responsabilidades para ser felices haciendo lo que nos gusta, leer. James, inadaptado, desconectado de cualquier emoción, sin soportar a su familia e incapaz de establecer relaciones emocionales reales, obviamente acaba en la psiquiatra que lo reprogramará. El final no os lo explico pero a estas alturas podréis deducir que no se compra una casa en el campo y se dedica a leer, no?

"De algún día este dolor te será útil" me quedaré con el título y con alguna cita interesante como ésta:  
"Las personas, por los menos según mi experiencia, pocas veces se dicen cosas interesantes. Siempre hablan de sus vidas, unas vidas que no son muy interesantes, y eso me impacienta. En cierto modo, creo que sólo deberían decir algo si es interesante o es absolutamente preciso decirlo." (p. 46)  
No encontré mi ansiada respuesta y me arrepentí de haberme leído tantas críticas porque sé que si mis expectativas no hubieran sido tan altas, hubiera disfrutado más la lectura. No es una mala novela. Es otra más que no renueva el género. No dice nada que no hayan dicho muchas otras. Así que aún no entiendo por qué le han dado tanto bombo. Supongo que es por eso, porque no cambiará tu vida de un golpe. Algo sí que he aprendido, a no tener expectativas porque, cuando no las tienes, el dolor es menor. Sin duda, cada historia tiene algo que decir, sólo hay que saber verla por uno mismo. Lo que digan otras voces, es lo que otras voces han escuchado del libro y no tiene por qué coincidir con tu banda sonora.

lunes, 4 de febrero de 2013

30. GIRLS, naturally interesting.



En esta entrada no voy a hablar de un libro, lo dejaré para la próxima porque si no hablo de Girls, reviento. Estaba cocinando con la tele haciendo ruido de fondo cuando dieron los ganadores de los globos de oro de este año y algo llamó mi atención. Girls. No sabía ni que que existía y eso, en lo que concierne a mí y a las series de televisión, era algo inaudito. Porque chic@s, a parte de escribir, leer y scrapear otra de mis aficiones es ver series de televisión (americanas e inglesas en su gran mayoría). No entendía cómo se me había podido pasar una ganadora de globos de oro así que me puse manos a la obra a investigar. Debo confesar que me desperté de golpe, me fascinó desde el primer minuto. Y eso de despertar fue casi literal. Sábado en pijama, la taza de café caliente, la tostada, bajo la manta delante de la tele, le doy al play y allí estaban Hannah y las chicas inundando mi salón con sus personalidades y sus neuras. 
¿Cómo os lo podría explicar? Girls es la versión hipster de Sexo en Nueva York. La serie narra las vivencias de un grupo de cuatro veinteañeras acabadas de salir de la universidad y sus vicisitudes para enfrentarse a la vida real en la ciudad de Nueva York. Todo ello sin el glamour de su serie predecesora, cosa que se agradece. Los personajes son mucho más reales, más de carne y hueso y la protagonista es magistral.   


 

Volvamos a la escena con la que abría la entrada. Yo misma desayunando enfrente de la tele un sábado por la mañana. Y Hannah. Hannah es una escritora en ciernes, "la voz de su generación o una voz en alguna generación". Trabaja como becaria en una editorial y no cobra nada, pero escribe. Sus padres deciden retirarle la asignación mensual que le daban para mantenerla en Nueva York y entonces Hannah tiene que enfrentarse al mundo sin la ayuda económica de sus padres. Decide pedir trabajo remunerado en la editorial donde hace de becaria pero la despiden. Y ahí empieza su aventura vital. Hannah no se amedrenta. Su personaje profundamente neurótico consigue sobrevivir gracias al apoyo de sus amigas, un "amigo con derecho a roce" bastante extraño y su anhelo de continuar creando. Hannah trasmite una seguridad tan grande, una personalidad tan peculiar que te olvidas de que es una chica con sobrepeso fuera del canon de belleza de cualquier serie que se precie. Su humor mordaz e irónico le confiere de un aura especial. 
Me recordó un poco a mí y deseé ser ella. A veces cuesta conectar con las actrices que salen porque no son físicamente reales, no son personas de carne y hueso y cuando alguien rellenito sale a menudo es en una comedia o para hacer una gracia sin transcendencia. Hannah consigue convertirse en la voz de una generación, de una parte de la juventud. Me hizo sentir a gusto con mi cuerpo y no tuve la necesidad imperiosa de ponerme a dieta tras ver el primer episodio. La sentí muy normal, muy real y era, extrañamente, una sensación novedosa para mí. Personalmente pienso que es el alma de la serie (además la actriz también es la escritora y directora del show). Total admiración por Lena Dunham. Yo de mayor quiero ser como ella. 
Los demás personajes son sensacionales. Comenzando por el "novio" Adam que es un actor muy "peculiar" por definirlo de alguna manera porque hay que verlo para creerlo; Marnie, la mejor amiga de Hannah, aburrida de un novio atento y perfecto al que le da pena dejar; Jessa, la bohemia y promiscua viajera; y Shoshannah, la virgen y púdica prima de Jessa admiradora de Sexo en Nueva York. El guiño a la mítica serie existe pero Girls hay que verla igualmente. De verdad que os la recomiendo. 
No todas las críticas han sido buenas. Hay quien la ha acusado de ser racista por no incluir a ningún actor de otra etnia y de oportunista porque las actrices son todas "niñas de papá", hijas de famosos y que por eso se dice que la serie ha tenido un éxito tan arrollador. Críticas aparte me gusta la serie. Pasé la mañana riéndome mientras veía Girls. Hacía tiempo que no veía nada tan diferente y fresco porque, la verdad sea dicha, las series están degenerando por momentos. No es fácil que algo te sorprenda y, a mí, Girls, me sorprendió. 



lunes, 21 de enero de 2013

29. Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás.



"Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás."

Clarissa Pinkola Estés 
Me enamoré de Edith Wharton en el 2000 cuando estudiaba literatura norteamerica en Clemson University (Carolina del Sur). Me fascinó House of Mirth: sus personajes, su ironía, la construcción de la historia... En fin, tanto me gustó que desde entonces he ido recopilando parte de sus escritos (aún quedan muchos por tachar de mi lista porque la señora era bastante prolífica pero en eso estamos). Susannah Ashton, mi profe de  entonces, consiguió contagiarme su pasión por la asignatura. Para mí, encontrar a alguien así era toda una novedad e hizo que esperara con la ilusión de una niña con zapatos nuevos la hora de clase (sí, ya lo sé, no me avergüenza confesar que soy una empollona). Sin duda, Ashton era de mis profes favoritas. Y es que el sistema es tan diferente que no es ninguna sorpresa que se te caiga el alma a  los pies cuando vuelves al sistema universitario español después de pasar una temporada en el extranjero.Qué poco acostumbrados estamos a retar a los profesores, a trabajar en seminarios, a estar activos en clase. Aquí se estila la verdad suprema del enseñante sobre todas las cosas aunque creo que eso está cambiando hoy en día y me alegra (a pesar del intento del gobierno por recortar en investigación y limitar el acceso a las élites subiendo el precio de las tasas- ahí va mi denuncia del día). Pero me estoy desviando del tema.
Volvamos a Edith Wharton y al libro que nos ocupa "La Renuncia" (A Mother's Recompense). De verdad que no entiendo quién hace las traducciones de los títulos de los libros, condicionan tanto al lector. Y si no fuera suficiente con el título, en la contraportada de la edición en español te desvela el secreto que la escritora va mostrando cuidadosamente sin levantar sospechas. Así que ya lo sabéis... No se os ocurra comprar la edición española  y si no tenéis más remedio que hacerlo por problemas de idioma cubrid el libro con una de esas fundas tan chulas que se han puesto tan de moda para no condicionar vuestra lectura. Si algún día tengo una editorial intentaré evitar esos errores.
Tal como su título en español indica, La Renuncia, trata sobre una renuncia valga la redundancia. La historia comienza en la costa azul francesa en un pequeño hotel. Kate Clephane vive "exiliada" de la burguesía neoyorquina a la que pertenece por una decisión del pasado, una decisión que la apartó de la bonanza americana de los felices años veinte. Una noche Kate decide abandonar a su marido y a su hija y se escapa con su amante. Quiere ser feliz apartada de las normas sociales, de la hipocresía de la alta sociedad, quiere sentirse libre y por eso huye con su amante. Kate, tras años apartada de Nueva York, es reclamada por su hija (ahora en edad casadera) que le pide que vuelva a casa. Todo parece ser perdonado y quiere retomar la relación con su madre. Kate, mortalmente aburrida, acepta enseguida y vuelve a aquel mundo hipócrita  y encorsetado que dejó atrás. Sus dudas y miedos se ven disipados porque todo el mundo actúa como si no hubiera pasado nada y la "aceptan" en el grupo como si nunca se hubiera ido. Esa es la ironía que tan magistralmente caracteriza Wharton en todas sus novelas. Poco a poco la historia se va complicando, su hija ha encontrado marido que es un viejo conocido de Kate (y sí, podéis leer entre líneas). La madre intenta romper el compromiso pero al ver sufrir a su hija decide renunciar al gran amor de su vida porque no quiere dañar a su Anne. Pero la renuncia de Kate no se queda ahí. También renuncia a otro pretendiente Fred (su apoyo en toda la trama, el hombro que le ha secado las lágrimas) porque siente que es mejor estar sola que estar con alguien por conveniencia. Necesita el amor en su vida, un amor libre y verdadero. Así que se vuelve a exiliar a la costa azul francesa, a su pequeño hotel aceptando la posibilidad de una vejez solitaria y serena mientras ve a su hija ser feliz al lado de la persona que ama. Y esa es su recompensa.
Aún sin ser la mejor novela de la escritora, el libro llegó con una misión. No sé si recordáis aquel día que compré cuatro libros que tenían un mensaje encriptado y La Renuncia fue uno de ellos. Y justo en estos momentos en los que cierro un ciclo en mi vida, el mensaje se me hace de lo más revelador. Encontrar la paz y la tranquilidad implica renunciar a cosas, a todo aquello que no se corresponde con lo que te hace feliz y que no siempre corresponde a las normas sociales estipuladas. Kate se exilia porque ser libre implica salir de esa sociedad encorsetada, no se casa con Fred porque valora su libertad, acepta el matrimonio de su hija porque sabe que ese tren ya ha pasado. Al final de la historia vemos a una Kate independiente y feliz, serena, en paz con las decisiones que ha tomado. Así es como me siento yo ahora por eso, como Kate, creo que jamás es un error buscar lo que una necesita a pesar de lo que todos digan. Renunciar a aquello que no lleva a estar en paz contigo no es condenarte al ostracismo sino a encontrar un oasis en el desierto, tu isla en el pacífico, tu propia felicidad



lunes, 14 de enero de 2013

CONFIDENCIAS


En el primer cuento del año, vuelvo la vista atrás. A mis comienzos como escritora en mi más tierna adolescencia. Confidencias fue el primer cuento que me publicaron. Tenía 16 años, mucho ha llovido desde entonces pero siempre me sentiré orgullosa de aquellos comienzos. Espero que os guste: 


15 de septiembre de 1996, Tarragona

Querido diario: 

Ni tan siquiera sé por qué empiezo a escribirte, tal vez sea porque necesito expresarme de alguna manera con alguien que sé que no me traicionará. Ya casi es el final del verano. Hoy llueve y voy en un tren, un Cataluña Exprés para ser más exactos. Destino: Barcelona-Estación de Francia. Hora de llegada: las 15:45. ¿Por qué me he subido a un tren si el trayecto dura sólo una hora? Posiblemente sea porque necesito escapar, aunque sea por poco tiempo, de la realidad que me rodea; necesito olvidar lo ocurrido, aunque resulte difícil; necesito volver a ser lo que era, una chica de espíritu romántico que pueda saltarse las normas de esta época (que no es la suya); necesito sentirme mística cuando escribo y en la vida diaria; necesito sentir el amor; necesito que el hielo de mi corazón se funda; necesito a mi madre; necesito todo lo que aquel fatídico día y aquella maldita llamada telefónica me arrebataron. 

Yo tenía quince años, cuatro horas y quince minutos cuando mi padre me hizo salir con urgencia de clase, ya que mamá estaba en el hospital. Entramos en el coche y dentro de él pude ver que mi padre estaba pálido, blanco como la pared, y que hacía poco que había llorado. Le pregunté qué había pasado y, con serias dificultades, me dijo que un coche se había saltado un semáforo y la había atropellado. Cerré los ojos mientras rezaba para mis adentros para que mamá se pusiera buena. La quería mucho, al igual que a mi padre. Las dos hablábamos de muchas cosas; ella sabía cuando tenía un problema y me comprendía; para mí era la mejor amiga que nunca pude desear. No quería que se muriese. Ella no podía morirse, pero la imagen de la muerte no se iba de mi cabeza. Papá me miró, creo que descubrió mi preocupación por mamá, y me sonrió. Aquel día los ojos de mi padre me parecieron más tranquilizadores que nunca y, por un momento, me sentí mejor. Después de mirarme y sonreírme volvió la mirada a la carretera y me dijo: 

-No te preocupes, hija. Todo saldrá bien. El doctor que la trata es muy bueno y hará todo lo posible por ella. 

-Eso espero-le contesté tristemente. 

Cinco minutos más tarde, el silencio del motor indicó la llegada al hospital. Mis piernas tiemblan. Tenía miedo de que cuando llegásemos ya estuviese muerta. Papá me pasó la mano por el cuello y me miró. Su mirada me dio fuerzas y, entonces, todos mis temores desaparecieron. 

Su habitación era la 215. 

Entré en el cuarto y, detrás de mí, papá. No podía creer lo que mis ojos veían. Ella estaba enganchada a muchas máquinas que le daban algo parecido a la vida. Me acerqué a la cama y la cara de mamá me pareció demasiado blanca para ella. Era una mujer muy enérgica para encontrarse en aquel estado. Mi abuela estaba al lado del lecho, la miré y las lágrimas atravesaron mi cara. Me pregunté si mamá vería algún día a sus nietos. Papá se acercó por detrás y puso sus manos sobre mis hombros. Aquella visión nos hacía sufrir a los dos. Volví mi cuerpo hacia él, dirigí mi mirada hacia sus ojos y pude comprobar que él también estaba llorando. Intentamos consolarnos mutuamente mientras que, en aquella cama, mi madre iba perdiendo todas sus fuerzas y ganas de vivir. 

Salimos de la deprimente habitación, fuimos a hablar con el médico que la trataba y éste nos dijo que estaba muy grave y que, posiblemente, mamá no viviría más de dos días; pero, por supuesto, ellos harían todo lo que fuese necesario por ella. Aquel hombre me estaba poniendo enferma y furiosa; papá se dio cuenta y se despidió del médico. Los dos salimos muy abatidos, subimos al coche y fuimos a casa. 

Al llegar, todo parecía como vacío, como si se hubieran llevado la luz y la alegría. Papá se disculpó y caminó despacio hacia su despacho; yo me dirigí hacia la habitación de mis padres, en la planta de arriba, y me senté en el lado de la cama de mamá. Cogí la cajita de música, que le regalé a ella por su cumpleaños cuando yo tenía seis años, de la mesita de noche y la abrí. De ella salía una dulce melodía que mi madre tarareaba torpemente pero con insistencia casi todo el día, me gustaba escucharla. Cerré los ojos y, en medio de aquella oscuridad, escuchaba a mi madre reír, veía su cara y quería tocarla, alargué la mano y entonces me di cuenta de que ella no estaba allí. La música dejó de sonar y abrí los ojos. Una tenue luz entraba por las cortinas cerradas de la habitación; dejé la caja, me puse en pie y, con los ojos humedecidos, me dirigí hacia la ventana. Ni siquiera tuve el valor de descorrer las cortinas, tenía miedo a mirar el jardín, que mamá cuidaba con pasión, y ver las flores marchitas por culpa de lo que le había sucedido a ella. Comencé a llorar silenciosamente apoyada en la pared que estaba al lado de la ventana y, poco a poco, fui escurriéndome por ella hasta quedarme sentada en el suelo. Las lágrimas salían de mis ojos, abracé mis piernas con fuerza y me quedé allí quieta, hasta casi las diez de la noche. 

A esa hora mi padre vino a ver lo que hacía. Había estado trabajando hasta ahora y quería que fuese a cenar con él. Yo no tenía hambre, pero él insistía. Me enfadé, le grité y me encerré en mi habitación. En aquel momento le odié pero, más tarde, recapacité y me di cuenta de que él también sufría aunque no lo demostrara, y sabía que lo estaba pasando mucho peor que yo. 

Fui al armario y me puse el camisón, luego me acerqué a la mecedora que tenía, cogí la bata que estaba sobre ella, me calcé las zapatillas de estar por casa y me dispuse a abrir la puerta para bajar y desearle buenas noches a papá, pero, en aquel instante, sonó el teléfono. Abrí la puerta de mi cuarto y comencé a bajar las escaleras. Desde donde estaba se escuchaba un murmullo. Papá hablaba desde su despacho y yo bajaba muy lentamente. Al fin llegué abajo y me dirigí a la habitación donde se encontraba él. Había dejado hablar. Abrí la puerta. Papá estaba sentado en su butaca con la cara cubierta por sus manos. Lloraba. Yo le pregunté tímidamente: 

-¿Qué pasa, papá? 

Él me miró. Tenía los ojos rojos, luego bajó la cabeza y me contestó entre sollozos. 

-Tu...Tu madre, Eryn... Han hecho todo lo posible pero...-me miró-tu madre ha muerto. 

-Nooo- grité con todas mis fuerzas cayendo al suelo de rodillas-¡No!¡Mamá! ¡No puede estar muerta!¡No puede! Me oyes... 

Papá se levantó, se acercó, se agachó y nos abrazamos los dos llorando. Dos días después de su muerte, mamá era enterrada en el cementerio de la ciudad. Yo no fui al entierro, sencillamente no tenía fuerzas. Cuando papá llegó estaba muy abatido. Se fue directamente a su despacho y se sentó en la butaca. Esperé diez minutos y me dirigí a donde él se encontraba. Lo miré, parecía cansado, me acerqué a él, me sentó en sus rodillas y lo abracé, él me besó la frente y también me abrazó. Me sentía bien; yo buscaba protección y él me la dio. Entre sus brazos, recordaba tiempos pasados, cuando era niña y, cada sábado, al ponernos toda la familia a ver la televisión, aquella escena se repetía. Yo, ahora, era demasiado mayor, había crecido en cuestión de horas, y echaba de menos lo que hacíamos antes: hablar con mamá, tenerla cerca, jugar con papá, escuchar su risa... Sí, había crecido, pero dentro de mí era una niña, una niña que tiene que aprender muchas cosas y sola no lo puede hacer, una niña que tiene miedo y demasiados temores... Así me sentía. Imágenes de mi vida pasaban raudas por mi mente. Deseaba estar en aquel pasado tan reciente con ella, retroceder en el tiempo y ser, otra vez, pequeña. 

En el tren me parece estar todavía con ella, era su medio de transporte preferido. Amaba sus asientos, sus pasillos, las vías, las máquinas que hace que aquella mole inerte se mueva, sus motores, sus cristales, los vagones, la gastada tapicería... Amaba el tren desde la primera hasta la última pieza que lo componía. Conocía cada uno de los diferentes modelos, los horarios, su maravillosa historia... Me lo enseñó todo acerca de éstos, sus mejores amigos. Mamá me enseñó a amarlos y a respetarlos, como a ella. Tal vez los necesite para recuperarla, ya que ellos no se han ido, tal vez los necesite para volver al pasado, tal vez los necesite para sentir de nuevo la voz, la risa y la dulzura de mi madre, tal vez los necesite para que mamá entre de nuevo en mi corazón y no se vuelva a marchar. 

P.D.: En la estación anuncian la llegada del tren. Son las 15: 45 en algún lugar del globo terráqueo. 

2n. ACCÉSIT 

Concurso Nacional de Narración Breve de R.E.N.F.E. 

1r. PREMIO PROSA JUNIOR 

Coordinadora de APA de Enseñanza Secundaria de Terragona

I.S.B.N.: 84-87658-38-5


lunes, 7 de enero de 2013

28. El Hobbit: Un viaje inesperado.

Tenía 13 años la primera vez que leí El Hobbit, de esos 13 años aún impresionables. No como los de ahora que ya están cansados del mundo y les queda poca fe en la fantasía y en la magia. Ahora cuando miro atrás y me veo a mí con 13 años y me comparo con mis alumnos, que son de esa edad, no me relaciono nada con ellos. Mi adolescencia fue tan diferente… Pero en fin, es otro siglo y eso se tiene que notar en algo. Y fue en esos 13 años preadolescentes e inocentes en los que descubrí el universo de la Tierra Media y la maestría de JRR Tolkien. Elfos, enanos, hobbits, magos, trasgos, trolls, águilas que hablan… hasta un dragón!! Caí en la redes de la literatura fantástica épica irremediablemente, literatura de la que aún disfruto a mi edad para evadirme un poco de este mundo gris, aburrido y lleno de responsabilidades.  
Y El Hobbit cumplió su función. Acababa de mudarme a Tarragona y me costó dejar atrás mi mundo infantil, mis amigas de toda la vida y mi ciudad. Así que me refugié en la Tierra Media y deseé quedarme largo tiempo (tras el Hobbit devoré el Señor de los Anillos, los Cuentos Inconclusos y todas las demás obras de Tolkien, hasta me leí el Silmarillion de pe a pa y eso, a mi edad en aquella época, tiene su mérito). Después visité otros mundo épicos y hasta creé el mío propio (algún día de estos mi novela de fantasía épica verá la luz) con la esperanza de perderme en otros universos donde la vida fuera diferente: caballos, arcos y flechas, espadas, guerreros, bruj@s malvad@s y pervers@s entre otras criaturas.  
Así que os podréis hacer una idea de la ilusión que me hizo que Peter Jackson, por fin, se decidiera a hacer la adaptación cinematográfica. Tengo que confesar que la he visto dos veces: una en 3D (no hace falta que os gastéis semejante dineral porque la peli es igual de espectacular y no salís mareados de la sala) y en versión original (y esta sí que vale la pena!! XD). Y las dos veces las disfruté enormemente. El Hobbit y la esencia de Nueva Zelanda. Era como volver a estar allí. Los recuerdos y la nostalgia me inundaron. Una época ya pasada y aún así la historia volvía a engancharme como la primera vez.
Para los fans de la novela de Tolkien, la película introduce variaciones importantes. Supongo que en parte es para no decepcionar a los fans del universo de Jackson y El Señor de los Anillos. Y eso sí que se le tiene que aplaudir al director. El Hobbit se engarza en el imaginario creado a la perfección e incluso mejorando muchos de los gráficos de la anterior saga. Se nota que ha aprendido de los errores y ha intentado subsanarlos. El problema que le veo es que el tono está totalmente equivocado porque El Hobbit no es El Señor de los Anillos ni se dirige al mismo público. Los que crecimos con el libro, crecimos con él literalmente. Muchos lo leímos en lo que era antes la preadolescencia y continuamos en plena edad del pavo con El Señor de los Anillos, una novela mucho más adulta y de construcción más elaborada. Y es que el señor Jackson ha pretendido convertir una novela infantil en una historia adulta y no hay por dónde cogerla. Por eso suenan tan extrañas las canciones de los enanos que parecen un intento fallido de musical Disney y por eso la persecución de los trasgos a los enanos por las montañas parecen gráficos de videojuegos extendidos hasta el aburrimiento.
Otro de los errores de Jackson, hechos desde su apuesta firme de conectar El Hobbit al Señor de los Anillos, es la acción. En la primera parte de la historia de Bilbo no aparece ningún orco. Hay trolls, trasgos y wargos, pero nada de orcos asquerosos ni mucho menos un líder pálido al que le falta un brazo. Como tampoco se menciona a ningún nigromante. El dragón, sí. Pero en fin, llenar 2 horas y media de película sin que se te duerma nadie requiere de ciertas licencias. Tardé menos en releerme la parte adaptada del libro que en ver la película. Sinceramente creo que no hacían falta las tres pelis que dicen que van a hacer. Con una ya hubiera habido suficiente. Pero comprendo que se haya puesto precio a la marca y se intente exprimir hasta límites insospechados. El mercado es el mercado.
¿Qué hay de bueno en la adaptación cinematográfica? Pues los paisajes, la música, el vestuario, la caracterización…el universo creado que, exceptuando a la raza de los elfos (aún no entiendo cómo Jackson se empeña en elegir a las personas menos agraciadas a las que se ve forzado a teñir de rubio oxigenado y hacer la permanente lisa como atractivos y gráciles elfos), se corresponde a mi recuerdo imaginado de la Tierra Media en mis años adolescentes. Eso sí lo ha conseguido. Como también el reavivar la llama de la magia y la fantasía, de remover los sueños, de hacerme recordar aquellos años donde las obligaciones no tenían la carga que tienen ahora. Como un Bilbo aferrado a su rutina, con El Hobbit, el espíritu aventurero ha vuelto a recorrer mis venas. Ahora sólo cabe aguardar a que llamen a la puerta para iniciar ese ansiado viaje inesperado. ¿Y tú? ¿Te atreves a formar parte de la nueva compañía?