lunes, 28 de mayo de 2012

10. Black Mirror y la tiranía de la tecnología


Tengo una máxima en la vida: Cuando tres personas de diferentes entornos de mi vida me recomiendan algo, es que vale la pena echarle un ojo. Así cuando varias personas me recomendaron Black Mirror no dudé en comprobar si la serie era tan buena como decían. Y creo que las recomendaciones se quedaron cortas. Black Mirror es sublime, de lo mejorcito que he visto en mucho tiempo. Y es que te da una bofetada en toda regla en cada uno de sus tres episodios. La serie presenta un futuro británico distópico donde se muestran las consecuencias de la tecnología en la humanidad. El título Black Mirror (Espejo Negro) hace referencia a todas las pantallas que nos invaden y que poco a poco se han hecho dueñas de nuestras vidas.Hasta ahora las distopías que habían caído en mis manos eran futuros inciertos, lejanos… pero Black Mirror es tan cercana a nuestra realidad que da miedo. Se te queda un mal cuerpo después de cada episodio que te hace reflexionar sobre el uso excesivo y dependiente que tenemos de la tecnología. Egoístamente sonreí al final de la serie por mi resistencia a comprarme un Smartphone y a utilizar el whatsapp. Una última resistencia simbólica ya que mi casa está llena de electrónica que "facilita" mi vida pero que me esclaviza al mismo tiempo. 

Los tres capítulos, independientes entre sí, tienen un hilo argumental que los une: la tecnología y cómo nos tiraniza en nuestra rutina diaria seamos conscientes de ello o no.
Episodios:

The National Anthem: Una dura crítica a la política y el gobierno. Han secuestrado a la princesa Susannah pero los secuestradores lejos de pedir un rescate por la querida princesa, demandan que el Primer Ministro mantenga relaciones sexuales completas con un cerdo en directo en la televisión nacional. No dan espacio a negociaciones ni opciones alternativas. El vídeo que fue subido a Youtube se ha filtrado a Twitter y eso que fue interceptado por el gobierno a los nueve minutos de su publicación en la red social. El Primer Ministro al final se ve forzado a realizar el acto ante la atenta mirada de la audiencia que, a pesar de la repulsión, aguantan el macabro programa por una mezcla entre morbo y el sentido de la “historia”. La revelación final es impactante y denuncia cómo se nos escapan detalles fundamentales de la vida por estar ante una pantalla de televisión.
15 Million Merits: El segundo episodio es el que más me ha gustado. De tono más pausado narra la historia de amor en una sociedad que vive a través de sus avatares, porno y superficialidad. Han perdido la noción de profundidad, de lo que es real y de la individualidad. Los protagonistas pedalean ante pantallas por conseguir merits, que es como dinero virtual, que intercambian por comida, mejoras en sus avatares y pagar las multas que implica rechazar ver ciertos programas de televisión. Con 15 millones de merits pueden comprar una audición en el programa Hot Shoots (una parodia de X-Factor). Bing tiene los merits pero se los cede a Abi, una chica de la que se enamora por tener una voz única. Los personajes acaban siendo muñecos rotos que venden su alma por reconocimiento y popularidad. ¿No os es una historia extrañamente familiar? 

The Entire History of You: En este episodio la gente ya no necesita recordar. Tiene implantado un chip llamado Grano que le permite grabar todo lo que vive con la posibilidad de descargar las imágenes en la televisión y revivirlo todo de nuevo con zoom, pausas y en HD. Las interacciones se analizan hasta la saciedad, hasta que no hay menor duda de lo que ha sucedido. Aunque esta aplicación no los hace más felices. Liam, el protagonista del episodio, vive obsesionado por descubrir un secreto que le oculta su mujer. Su obsesión le lleva a casi la locura analizando cada detalle de una cena donde su mujer se reencuentra con un antiguo novio. Y tirando, tirando de la manta; Liam acaba descubriendo la verdad, una verdad que se le hace dolorosa y acaba con su matrimonio y con su manera de vivir el mundo.
No me cabe más que recomendaros encarecidamente que veáis Black Mirror. Os abrirá los ojos a una realidad que tenemos a la vuelta de la esquina y os hará replantearos muchas cosas, cosas que, hasta ahora, no les habíais dado la menor importancia. 


viernes, 25 de mayo de 2012

NADIE RECORDARÁ A LOS ÁNGELES CUANDO EN EL MUNDO REINEN LAS TINIEBLAS



   
Aquel día el sol no salió como tampoco lo hacía desde que la oscuridad se apoderó del cielo como si de una noche eterna se tratase. Y con aquella oscuridad llegaron ladrones, asesinos, prostitutas... y todo el  infame mundo de los barrios bajos haciendo que el ambiente estuviese, tal vez, demasiado cargado. Casi había olvidado el color y la forma de la estrella que anteriormente calentaba el planeta. La vida no era como antes pero me daba igual porque ya no la recordaba. Era como una especie de autómata programado en un mundo que había cambiado la moralidad de las cosas.
Mientras andaba por la acera repleta de basura y excrementos veía las chabolas improvisadas donde vivía la gente producto del desmesurado crecimiento  demográfico, la prolongación de la esperanza de vida y el Cataclismo, un suceso impresionante que había provocado un cambio de papeles; notaba el olor de la pútrida existencia del ser humano; divisaba centenas de ratas negras; oía llorar a los niños que vivían en las cloacas; escuchaba la sirena intermitente de ambulancias y de coches de policía... Una furcia se me acercó por si aceptaba sus servicios pero la deseché tal vez por higiene, tal vez por decencia o tal vez por pena.
Era uno de los pocos hombres que poseía un cargo medianamente bueno en la ciudad que ya ni tan siquiera tenía nombre. Había estado casado pero mi mujer había fallecido junto a mis dos hijos en una epidemia, cuya denominación olvidé, que provocó el descenso de población más importante de toda la historia; así que decidí olvidarme del matrimonio, los niños y el amor. Se podría decir que estaba amargado y que ya no me importaba la vida pero, ¿a qué loco le gustaría vivir en las circunstancias que estaba el mundo?
Seguí caminando por aquella inmunda calle hasta llegar al paseo marítimo que estaba en lo que anteriormente se denominaba playa. Ahora era un vertedero y el agua era espesa y de color negro con viscosas manchas verdes. El olor era insoportable así que aligeré la marcha. Inesperadamente tropecé con un cadáver en avanzado estado de descomposición que me provocó el vómito casi inmediatamente. Salté el muerto y corrí hasta la estación ya que mi tren salía dentro de media hora. Me senté a esperar  y a recuperar la respiración.
En la sala de espera podía ver los antiguos horarios de la vieja compañía RENFE que no hacía mucho que había desaparecido. Los televisores, que tenían las mismas funciones que los tablones de anuncios, descargaban chispas o estaban caídos en el suelo, rotos y sirviendo de hogar a las ratas de las alcantarillas. El olor allí no era tan fuerte como el de fuera aunque se notaba viciado.
Observé a la gente que si antiguamente era curiosa ahora se había convertido en singular: una pareja intentaba mantener relaciones en la esquina sudoeste de la estación, eran demasiado jóvenes, tal vez tenían catorce o quince años. No mucho más lejos un niño de unos ocho abriles jugaba con sus dedos en los bolsillos de los que compraban los billetes sacando de ellos carteras, relojes, monedas, fotos... con un sigilo que parecía pertenecer a un libro de magia. Unos metros más allá una especie de pitonisa que estaba en trance hablaba del fin del mundo con una mujer totalmente enjoyada de plástico dorado y que vestía con una mala imitación de abrigo de visón fabricado de PVC. En la esquina sudeste un camello le vendía la última novedad en drogas, X57, a un crío de unos diez años, moreno y raquítico. A unos pasos una loca que estaba de rodillas se balanceaba de delante a atrás rogando a un Dios que nos abandonó hacía ya demasiadas lunas. A mi derecha, lo que años atrás habían sido grandes puertas automáticas de cristal, ahora no eran más que vidrio decorando peligrosamente la entrada al andén. Enfrente de mí estaba la cafetería y una tienda de cartuchos,  con infinitas utilidades, que servían para conectarlos al  aparato de realidad virtual que se había convertido en una especie de obsesión para toda la humanidad.
Miles de ruidos incoherentes rondaban mis oídos. Ya nadie hablaba razonablemente y el ser inteligente se había transformado en un robot que ansiaba controlar la mente de todos los demás. La demencia y la desesperación reinaban en las calles. La violencia y las armas eran tesoros al alcance de los niños. La vida no parecía tener fin y la ciencia seguía investigando sobre la fuente de la eterna juventud. Los abuelos se habían convertido en seres milenarios y los niños en ávidos genios a la caza del poder, la fama y el dinero.
Pronto escuché la casi inaudible llamada para subir al tren. Hoy llegaba temprano, tal vez tendría suerte y encontraba un lugar confortable. Subí a lo que quedaba del legendario y lujoso AVE. Ahora apenas podría encontrar un asiento sin romper o que estuviese limpio; las paredes eran galerías andantes de arte urbano; las ventanas, pertinentemente selladas y tapadas, no dejaban ver el exterior, posiblemente para no mostrar el desastre ecológico ocurrido en el Cataclismo. Curiosamente el vagón estaba casi vacío y solamente nos encontrábamos allí dos personas. Al principio no le presté atención pero más tarde una extraña sensación me hizo mirarla fijamente.
Era una mujer o tal vez una jovencita de tez blanquísima que me hizo recordar las clásicas estatuas griegas, sus ojos eran de un azul tan intenso que si el mar los contemplase se moriría de envidia ante la pureza de su color; sus mejillas, de un tono violáceo, le daban un poco de vida a aquel rostro que parecía el de una divinidad; sus labios, que no eran demasiado gruesos, mostraban una cerrada sonrisa que no dejaba ver sus dientes; su cuello, fino y largo, hacía que su estética fuese como sacada de la mano de un ser mágico. Llevaba un pulcro vestido blanco, extraño en una época predominantemente oscura, con un amplio escote que dejaba entrever la parte superior de sus hermosísimos pechos, no demasiado grandes; sus brazos, tan frágiles como la porcelana china, desembocaban en unas finas muñecas que eran adornadas por un resplandeciente reloj y una fina pulsera ambos de plata; sus elegantes manos, de largos dedos, sostenían un libro bastante grueso del que no pude leer con claridad su breve título. El libro descansaba en su falda y me paré a contemplar su pequeña cintura. Seguí bajando aunque su delicado vestido cubría sus piernas que imaginé por los pliegues del mismo. El tejido se detuvo en sus tobillos, tan delgados como sus muñecas, de los que nacían unos menudos y gráciles pies envueltos en unas zapatillas planas y de un blanco posiblemente más puro que el del vestido. Me  recordó a un ángel, un ángel de aquel Dios que parecía no estar ya entre nosotros.
La seguí mirando sin preocuparme  si podría reprocharme mi descaro. Su figura era serenidad y tranquilidad absoluta. Me hacía sentir tan bien que por unos momentos olvidé las penalidades de la vida. Ella desvió su mirada del libro y la subió hasta cruzarse con la mía. En ese instante la deseé pero algo dentro de mí me hizo contenerme. Sus ojos eran depurados e inocentes. Se puso en pie y reposó el libro en su regazo. Sus cabellos, tan claros como sus vestiduras, le llegaban hasta las rodillas acabando en graciosos tirabuzones. Seguía de pie y sonriendo. Debía ser un ángel, una señal... Se acercó pausadamente hacia mí y me puse muy nervioso aunque no pude apartar mis ojos de ella. Andaba elegantemente, como si volase y no notase el taladro del tren. Se paró delante de mi persona y me dijo:
-Sé lo que estás pensando y es cierto.
Su voz era comparable a la del mismísimo Dios y creí desfallecer cuando aquellos vocablos entraron en mis oídos.
-¿A qué has venido? ¿Nos sacarás de esta locura? ¿Nuestro señor está aún entre nosotros? ¿Por qué...?
Tenía tantas preguntas que hacerle y parecía como si la atmósfera se la fuese tragando. Me puso su derecho dedo índice sobre mis labios mientras dejaba su libro en el asiento de mi izquierda abierto por una página. Bajó su mano hasta juntarla con la otra en su falda.
-Pronto lo entenderás todo-. Es lo que logré comprender de su leve susurro.
Pronto fue desapareciendo y se fue formando una blanca neblina que se iba dispersando muy lentamente. Giré mi cabeza hacia donde había dejado el libro y mis ojos leyeron el título del capítulo. Mis cuerdas vocales analizaron los caracteres y mis labios dejaron escapar una única palabra: APOCALIPSIS.
¿Sería el final del mundo o sólo una broma pesada? Cerré el libro y pude ver con claridad su rúbrica dorada. Era la Biblia pero no podía ser. Había sido prohibida algunas décadas atrás y quemados todos sus ejemplares.  Mi cerebro no podía reaccionar y me dispuse  recoger el libro pero al igual que su dueña desapareció en unos segundos.
El traqueteo del tren me ponía de los nervios, dejé reposar mi cabeza en la pared y cerré los ojos. Una lágrima corrió por mi mejilla. Por fin libre, pensé. Estaba tan cansado de vivir que deseaba que todo acabase cuanto antes. Quería reunirme con mi familia para siempre, quería abrazarlos de nuevo, quería no separarme jamás de sus almas... Por primera vez en mucho tiempo me sentía feliz.
El tren paró y el vagón se llenó de gente. El olor era asfixiaste y cargante así que me levanté para conseguir un poco de oxígeno contaminado pero era como si el aire se hubiese convertido en un humo irrespirable. Pensé en la puerta de salida. Allí no estaría tan agobiado. Me llevó un cuarto de hora el llegar pero lo conseguí y bajé ya que aquella era mi parada habitual.
Mientras caminaba por la calle pensaba en lo que había visto y oído. No podía creerlo y meditaba sobre si todo aquello no era producto de la inhalación de los gases que pululaban por la atmósfera. Era un escéptico pero no era el único que habitaba el planeta. La gran mayoría de la humanidad no creía en nada porque todos sufríamos demasiado, porque algunos habían hecho demasiadas promesas que no se cumplieron, porque, el ser humano, sencillamente, había cambiado. Yo no creía, sólo analizaba y todo aquello me parecía una alucinación. Al llegar al trabajo los compañeros me preguntaron qué me ocurría. Me limité a interpelarles:
-¿Creéis que existen los ángeles?
La carcajada fue general como también lo fueron las burlas. Uno de ellos me contestó:
-¿Los ángeles? Ja, ja, ja... ¿Que si existen los ángeles? Eso no se lo cree ni el que escribió la Biblia.
No sé porqué aquel comentario me dolió, me molestó. Yo antes habría dicho lo mismo si me lo hubiesen preguntado pero ahora todo era distinto. La situación era extrema. Íbamos a morir todos. Me dirigí con furia hacia mi despacho y me pasé todo el día recordando lo ocurrido. ¿Por qué la gente estaba tan desengañada? Algo debía existir, algo movía las cuerdas del mundo aunque ya no estuviese entre nosotros. El silbato que indicaba el fin de la jornada sonó. Dejé de trabajar y me dirigí a la estación. Decidí no coger el primer tren porque era seguro que la aglomeración de gente fuese brutal y me senté en un banco a la espera del próximo. La imagen de aquella mujer volvía fugazmente a mi memoria, mi corazón latía cada vez con más fuerza e imágenes de mi vida volvían a mi mente.
El segundo tren llegó y, mareado, subí a él. Me apoyé en una de las ventanillas e intenté respirar con normalidad pero todo me daba vueltas y el ruido de la máquina se hacía cada vez más insoportable. De pronto todo se paró y las luces se apagaron. El pánico se apoderó de la gente que chillaba, lloraba y corría hacia las salidas cercanas. El tren, las vías y la tierra comenzaron a crujir y a separarse unos de las otros. Los vagones se iban soltando y la gente farfullaba, maldecía y se enfurecía. Pronto un fuego enorme  fue usurpando la vida de cada vagón, cada asiento, cada papel, cada bolsa, cada abrigo, cada persona... Era el fin ¿de mí o del mundo?
Cerré los ojos y vi de nuevo a aquella mujer, a aquel fantasma, a aquel ángel con su blanco vestido, su sonrisa cerrada, sus azules ojos, su seguridad, su elegancia... caminando sobre las llamas como si nada de aquello le afectase lo más mínimo. Yo ya no escuchaba lo que sucedía alrededor. Deseaba ir con ella. Noté como la gente se aferraba a mí tratando de escapar del infierno pero ellos no creían en los ángeles, yo sí. Me llevaría con ella y a su lado no sufriría más. Cada vez estaba más y más cerca y ella abrió sus brazos hacia mí. Una luz plateada y azulada al mismo tiempo comenzó a devorarnos. Entonces ella me miró, supe que la luz había vuelto a ganar su pequeña gran batalla y comprendí que todo comenzaría de nuevo. El mundo nacería otra vez y  la humanidad volvería a creer en todo aquello que olvidó cuando en el mundo reinaban las tinieblas.

Publicación de origen: 
http://www.wattpad.com/4787563-nadie-recordar%C3%A1-a-los-%C3%A1ngeles-cuando-en-el-mundo

lunes, 21 de mayo de 2012

09. Cómo no ser una drama mamá.




Para mi drama mamá; 


mi querida Urraca,una nueva drama mamá 

y Esther y Anabel, 

futuras drama mamás en potencia. 


Conocí el blog Cómo no ser una drama mamá de la mano de mi querida Urraca y es que ella siempre me ha guiado como aquella hermana mayor que nunca tuve. Ya entonces, en mi breve visita a mi amiga del alma,  pensaba en comenzar un blog pero no tenía claro el tema o si tendría tiempo para poder publicar entradas de forma regular (y es que siempre he estado muy falta de tiempo). Sí, ya lo sé, excusas varias por si el proyecto no tenía el éxito esperado y es que vivir con expectativas es un freno a cualquier tipo de creatividad. Mi querida Urraca, que es una fuente de sabiduría portentosa(que ya le gustaría a la Wikipedia), me mostró los blogs que ella seguía (siempre desde el anonimato, por supuesto). Nos tiramos en el sofá con su Iphone mientras mi sobrino postizo, que aún no había llegado a su primer aniversario, alternaba el tiro libre de ladrillos de plástico con una lectura activa del cuento de Pocoyó en inglés que yo misma le había regalado porque nunca es temprano para el fomento de la lectura ni el aprendizaje del inglés. Mi querida Urraca me introdujo en el mundo de las drama mamás aquel mismo día. Recuerdo las risas al vernos reflejadas en momentos de nuestra infancia, en reconocer a nuestras madres y al comprobar que, aunque mi querida Urraca lo quisiera evitar, se iba convirtiendo en una drama mamá a medida que mi sobrino postizo iba creciendo.  Aquel mismo día decidí que pronto tendría mi propio blog.

La niña jugando con sus barriguitas


Parece ser que no sólo nosotras disfrutamos del blog. Amaya Ascunce logró la atención necesaria para que Planeta se interesara por su historia convirtiendo su blog en un libro. Vaya, que cumplió el sueño de cualquier bloguero de a pie: que venga una editorial potente, te publique tu historia y te retire de ese trabajo que odias porque lo que realmente quiere cualquier bloguero de a pie es vivir de lo que escribe. Y cuál fue mi sorpresa el pasado lunes cuando el cartero me trajo un paquete de mi querida Urraca que contenía el sueño de Amaya hecho realidad: “Cómo no ser una drama mamá. Las 101 frases de tu madre que juraste no volver a repetir.” El libro me ha acompañado durante toda la semana obsequiándome con momentos de risa extrema. Muchos que me han visto leyéndolo, han pensado que se me había ido la olla y es que me he reído tanto que se me han saltado las lágrimas en sitios poco apropiados. Y cómo necesitaba echar unas risas… Pero no, cualquier hija treintañera que se lea el libro o, en su defecto el blog, entenderá mi comportamiento "inestable". Enseguida la niña (esa soy yo) se vio reflejada en aquella nena mal comedora que odiaba las vainas y sintió compasión por ella porque mi madre al menos me hipnotizada con los dibujos animados con la esperanza de que tragara aquella inmensa bola de comida que cambiaba de lado inquietantemente, como una escena de esas de película de terror a cámara lenta. 

La niña comiendo
un nutritivo plato de lentejas
(hoy en día es la única
legumbre que  logro comer)


Tras la lectura he entendido mi obsesión por comprobar si he dejado la plancha encendida (haya  planchado o no) o el inmenso placer al andar descalza por cualquier superficie(y es que a mi madre le encanta decirme, incluso ahora con 32 años, eso de “no andes descalza por ahí que te vas a resfriar…”) o por qué me bajo la blusa para que no se me enfríen los riñones o por qué guardo las 2 horas de rigor después de comer antes de meterme en el agua… En resumidas cuentas, que con las variaciones pertinentes, todas nuestras madres son drama mamás: nos aconsejan qué hacer y cómo hacerlo SIEMPRE por nuestro bien.

Al contrario que la nena,
la niña siempre ha tenido mucho ritmo.


Visto desde la distancia y el recuerdo, nuestra infancia parece una sitcom en toda regla. Aquellas frases son las que nos han hecho las mujeres que somos hoy nos guste o no. La misión de Amaya por evitar repetir patrones de conducta con sus futuros hijos es de alabar pero, desafortunadamente, el gen está en nosotras tengamos hijos o no. Yo, la niña, tras conocer este término me defino como drama teacher. Y es que repito aquellas frases del inconsciente colectivo del gremio, eso sí, siempre innovando porque a creativa no me gana nadie:

-Qué paciencia me ha dado Dios: la voz de la tradición escuchada hasta la saciedad tras años de estudio en colegios de monjas.

-En otra vida tuve que hacer algo espantoso, seguro que era un asesino en serie o algo así: este es mi punto dramático y fantasioso que a eso tampoco me gana nadie.
-¿Qué parte de SILENCIO no hemos entendido?: aún me sorprende que esta pregunta retórica tenga efecto alguno… Pero creo que intentan descubrir exactamente qué parte no entienden, la frustración les abruma ante una pregunta tan complicada y deciden callar... POR SI ACASO...
-¿Te hago un croquis?: esta es de mi propia cosecha (o eso creo, las dudas de autoría ahora me desbordan), me gusta cómo suena la dichosa palabrita CROQUIS (no me preguntéis por qué, porque ni yo misma lo sé). Es bastante  útil con esta generación digital que no sabe cómo coger un boli o utilizar una libreta o incluso sentarse bien, lo que me lleva a otra de mis famosas frases…
-Siéntate bien que te vas a caer (intento de colarme una recolocación temporal hasta que me despiste), bien sentado (refunfuña, gira las piernas y deja de apoyarse en la pared), ¿ves como no era tan difícil? (sonrío victoriosa por saberme poseedora de un poder ilimitado). De nuevo la voz de la tradición.
-Tres, dos y medio, dos…: a lo que le sigue un silencio sepulcral porque si no, copian y cómo odian copiar!! Y es que luego tienen agujetas en la muñeca. Los niños de hoy en día no son como los de antes...

La niña, intrépida aventurera
en la naturaleza salvaje
Y seguro que debo tener más… pero ahora mismo no las tengo muy presentes...(Pánico ante la posibilidad de que alguno de mis alumnos le de por abrir un blog con mis frases :-()Así que debo confesar que sí, que soy una drama teacher y porque todavía no tengo hijos propios que cuando los tenga… Ay, pobrecitos míos, lo que van a sufrir!! Porque sí, chic@s, tengo el don de la providencia de los desastres más atroces jamás acontecidos, como cualquier drama mamá que se precie; y a eso tampoco me gana nadie. 

domingo, 20 de mayo de 2012

EL ROMPECABEZAS





Gloria observaba atentamente la fila de cajas ante ella. ¿Cómo escoger? ¡Había tantos! Cerró los ojos por unos segundos pensando que el azar le mostraría la mejor opción. Al abrir los párpados tenía en las manos un rompecabezas de gatitos que jugaban con una bola de lana rosa. Lo dejó en la repisa otra vez. Sólo de pensar las horas que pasaría encajando las piezas de aquel rompecabezas le venía un escalofrío… Para Gloria los rompecabezas eran algo más que un simple pasatiempo, eran una manera de encontrar una calma mental que no podía encontrar de ninguna otra manera. Abrir una caja llena de piezas que esperan a alguien que las encadenara era un momento de felicidad suprema para Gloria y hoy necesitaba uno de esos momentos. Resopló porque no le gustaba ninguno de los que había en el aparador pero cuando ya había decido marchar, los ojos se pararon en una caja medio escondida al final de la repisa. Parecía que hacía tiempo que la esperaba. La cogió y sonrió satisfecha. Era un mapamundi antiguo de 3000 piezas. Había visto muchos parecidos. Sin embargo, aquel era diferente y no sabía decir el porqué. Pagó y se dirigió a su casa impaciente por comenzar la nueva adquisición. El sol parecía acompañarla en su nueva alegría y los rayos la sonreían a través de las nubes blancas.
Al llegar, abrió la caja con prisas como si en aquello le fuera la vida. Gloria respiró profundamente y  se concentró en encontrar las piezas de los bordes. Encuadrar el rompecabezas era esencial para continuar. La tarea se complicó más de lo que pensaba y es que todas eran de un color sepia cansado. Le recordó a su vida que también era de color sepia cansado y en la necesidad que sentía de  delimitar su vida antes de vivirla por miedo a lo que viniera. Poco a poco las piezas encajaban y pronto tenía el cuadro que enmarcaría aquel mapamundi misterioso y silencioso. Seguidamente, buscó los continentes. Trozos de diferentes tonalidades de marrón que simbolizaban la tierra que habitaba. Gloria viajaba mucho y recordó todas sus aventuras por tierra, mar y aire. ¿Cuál sería el próximo destino? Dejó de recordar. Los recuerdos no son más que presentes pasados que la perturbaban: aparecen sin avisar, pinchan tu corazón y marchan cuando les viene en gana. Son como mariposas en primavera que vuelan y no se dejan atrapar nunca.
Pieza a pieza el rompecabezas tomaba forma. Ahora le quedaba el agua. Lo más difícil porque ya no había patrones a seguir o colores a distinguir. Era monótona e idéntica. El océano más profundo y el lago más pequeño tenían el mismo color, la misma forma. Su monotonía era como el agua en un rompecabezas tan difícil de encajar. Entonces miraba la forma de las piezas. Se las quedaba mirando abstraída con la mente atenta por si encontraba una posible pareja y, poco a poco, de pareja en pareja, iba formando tríos y cuartetos. Era como ir creando familias de piezas que iban creciendo exponencialmente. Sin duda los humanos nos habíamos expandido por el mapamundi y conquistado el mundo como aquellas piezas sin control ni medida.
El rompecabezas se conformaba lentamente encima de la mesa del comedor. Gloria estaba absorta en su construcción como la hormiga más azarosa del universo. Las piezas encajaban elegantemente con suavidad y sin presión. Gloria se paró en la última pieza y un único pensamiento ocupó toda su cabeza. La vida era como aquel rompecabezas. Todo pasa porque tiene que pasar, porque encaja con las piezas que forman tu existencia. A simple vista parece que nada tenga razón de ser, que las decisiones que tomas, las personas que te acompañan en un tramo del camino, las situaciones que vives… parece que todo sea arbitrario. Colocó la última pieza y acarició la superficie suave del rompecabezas. Ahora todo tenía sentido, las piezas de su vida acababan de encajar en un perfecto mapamundi que le indicaba su lugar en el mundo. 

Publicación de origen:
Valors nº 92: L'Esperança (català)


miércoles, 16 de mayo de 2012

EL ÁRBOL





Inmóvil. Sin poder moverse. Atado. Enraizado a la tierra. Preso. Movía las ramas en un intento de imitar a los pájaros que le sobrevolaban cada día. Sin éxito. Envidiaba las nubes que nadaban en el mar azul. Una lágrima de savia le resbaló por el tronco. El tiempo pasaba y con los años el paisaje se le hizo monótono y aburrido.  Algún animal lo habitaba por algún tiempo pero todos acaban marchando. Todos menos él. Frustración. No sentía que aquel fuera su lugar en el mundo pero, por algún motivo que no lograba comprender, sus raíces estaban prisioneras en el suelo arcilloso. Suspiró amargamente. Una liebre le pasó veloz y un escalofrío fugaz le hizo perder la última hoja que le quedaba. Frío. Otro invierno había llegado. Resignado cerró los ojos y durmió hasta la siguiente primavera.
La fuerte lluvia y el cielo tormentoso lo despertaron de su hibernación. El suelo se había derretido. Sintió que algo se movía. Sus raíces se sentían libres. Aquello no podía ser cierto. Podía moverse. De repente un torrente de agua lo arrancó de su estupor. Agua, piedras, fango. No distinguía nada a su alrededor. Algo lo arrastraba hacia lo desconocido. Mientras rodaba colina abajo, pensó que había que tener cuidado con lo se deseaba. Que se cumpliera, no era garantía de  felicidad.
Su tortura acabó en unas horas. La lluvia cesó y un sol amable lamió las heridas de su cuerpo magullado. Ante sí, la cuenca de un río. Atrás dejaba una eternidad de sufrimiento. Sus raíces maltrechas se volvieron a ocultar en la tierra. Lo volvían a hacer prisionero de la tierra. Ahora sin embargo, el árbol se sentía diferente. Sabía que podía moverse, sólo tenía que esperar el momento adecuado para hacerlo. Sus ramas renacieron más fuertes y frondosas que nunca de su tronco malherido. Un estornino extraviado se posó en su copa. Sonrió satisfecho al ver pasar el agua a su lado.

 Publicación de origen:http://www.paziencia.com/blog/el-arbol/ 

domingo, 13 de mayo de 2012

PAZIENCIA





Paz era la mejor investigadora científica de su campo. Decenas de sus artículos se publicaban en las revistas especializadas más importantes de todo el mundo y eran incontables las conferencias que daba en reconocidas universidades. Un sol cálido entraba por los ventanales de su despacho mientras Paz acababa de redactar los últimos hallazgos en su nuevo proyecto. Sin duda, este sería el definitivo. El que haría que su  carrera subiera como la espuma, si eso fuera aún posible… Paz sonrió satisfecha ante la pantalla de su ordenador. 

El teléfono la sacó de su ensoñación. Era su asistente que con voz alarmante la informaba que el laboratorio estaba en llamas. ¿Cómo? Paz no daba crédito a sus palabras. ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente? Pero, ¿Cómo? Cogió su bolso y arrancó su coche. Meses de trabajo… a la basura. Paz aceleró el vehículo y con cada marcha el paisaje se hacía más borroso. Lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Tanto esfuerzo, tantas noches sin dormir, el agotamiento… Todo perdido. La velocidad aumentaba y pronto Paz dejó de ver los peatones a su alrededor, los coches desaparecieron, el horizonte se convirtió en un agujero negro y Paz dejó de ser ella misma. Una luz en rojo y el pie al fondo del acelerador. Un camión que no pudo frenar a tiempo y Paz empezó a dar vueltas de campana en el interior de su coche. La oscuridad y sirenas de servicios de emergencia. 

Dos meses más tarde. Una chica rubia abría sus ojos verdes en una habitación de hospital. Dolorida y desorientada Paz se preguntaba dónde estaba. Intentó moverse pero estaba encadenada a tubos y máquinas. Enfermeras acudieron rápidamente a dar la bienvenida a la bella durmiente. No acababa de entender lo que le explicaban. Un semáforo en rojo, un camión que se cruzó en su camino, un siniestro total y dos meses en coma. A pesar de todo, era afortunada porque había sobrevivido a un accidente tan brutal. Paz no sabía si llorar, reír o volver a caer en coma. 

Los días pasaron y nadie vino a visitarla. La rehabilitación era dura pero necesaria y Paz mejoraba poco a poco, a paso de tortuga, lenta pero segura. Dejó la silla de ruedas para pasear con un andador. Las operaciones se iban repitiendo y el dolor era su mejor amigo. Casi seis meses después del fatídico accidente, alguien vino a visitarla. Su asistente. Su cara era un poema de culpa y lástima. ¿Cómo estás? En un par de meses me dan el alta. ¡Estupendo! La recta final… Debe ser duro… ¿Qué tal por el laboratorio? Bien. Oh, ahora eres el supervisor del proyecto. Enhorabuena. Lo siento. Espero que te mejores pronto. Sí, ya falta menos. Bueno ya sabes lo que dicen: Paciencia, es la madre de todas las ciencias.  

Publicación de origen:http://www.paziencia.com/blog/paziencia/ 

jueves, 10 de mayo de 2012

INVISIBLE




 Ilustrador: Javier Garcia (http://javigaar.blogspot.com)

El desayuno esperaba en la mesa. Rápidamente aparecieron dos niños y un marido preparados para comenzar el día. Nadie hablaba porque tenían cosas más importantes que hacer, como jugar a la consola, mirar hipnotizados los dibujos o leer los titulares del día en el móvil mientras engullían los alimentos mecánicamente. Los tres acabaron a la vez, acompasados, como si lo hubieran ensayado con anterioridad, como si un reloj interno les marcara el mismo ritmo. Un beso, otro y un tercero seguidos de un “¡a las 6, fútbol!, “¡a las 7, inglés!”, y “no me esperes para cenar”.

Tara se quedaba acompañada de silencio. Acabó el desayuno a cámara lenta saboreando la tostada y el café y, ya cansada de buena mañana, comenzó su rutina. Nadie lo sabía pero Tara tenía poderes supernaturales como aquellos superhéroes de los cómics que, de vez en cuando, leían sus hijos. Desgraciadamente no eran supervelocidad o telequinesia. No, su don era el don de la invisibilidad. Se puso el delantal verde y pasó de una habitación a otra ordenando, como cada día, los destrozos de la última tormenta. Tras poner todo otra vez en su lugar, Tara se sentía triunfadora; la ganadora de una guerra en la que sólo luchaba ella.

En el mercado, su invisibilidad tampoco la ayudaba mucho. Decenas de mujeres se le colaban siempre en la carnicería. “Ay, mis piernas”, “Niña, la edad… No llegues nunca a mi edad”. Una a una se le iban colando inevitablemente incluso cuando Tara ya estaba haciendo el pedido. La vendedora la dejaba con la palabra en la boca y despachaba a las abuelas primero como si Tara fuera un espíritu que sólo se hacía presente a la hora de poner el dinero en el mostrador. Estaba tan cansada de la situación pero, ¿qué podía hacer? Ya había gritado, llorado, protestado, dado golpes… Nada parecía funcionar. Tardaba muy poco en volver a hacerse invisible de nuevo.

Un hombre furioso chocó con ella al salir de la frutería. La bolsa se rompió y todas las manzanas se esparcieron por el suelo. Tara se agachó y, resignada, se puso a recoger la fruta. Resopló para evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos. De repente, unos grandes ojos verdes aparecieron frente a ella acompañados de una amplia sonrisa serena. Unas manos con las últimas manzanas en ser rescatadas se acercaron a Tara. “Gracias”, consiguió susurrar entre los labios. La chica le devolvió la sonrisa, se levantó y desapareció entre la multitud. Tara no se lo acababa de creer y estalló a carcajadas. Todo el mundo paró de hacer lo que estaba haciendo y giraron sus miradas acusadoras hacia aquella mujer que no podía parar de reír con una bolsa de manzanas rota en su falda. Tara, sin quererlo, había dejado de ser invisible.

miércoles, 9 de mayo de 2012

08. Cinco mil kilómetros por segundo







“No toda la gente errante anda perdida”


 J.R.R. Tolkien.
 


“Cinco mil kilómetros por segundo” cayó en mis manos casi por accidente. Esperaba paciente al lado de “Arrugas”, gran cómic de Paco Roca que trata la cruel enfermedad del Alzheimer con una sonrisa en los labios y que tenía a punto de borrar de mi larga lista de libros pendientes. Como iba diciendo, “Cinco mil kilómetros por segundo” esperaba como algunos de mis alumnos, impaciente con la mano levantada porque tenía algo que decirme. Lucia leía medio oculta un libro en la ventana y me miraba pícara porque sabía que la había pillado infraganti. Así que, la invité a mi casa para que me explicara su historia, una historia que pronto descubriría me era más que familiar. Y es que como relata la contraportada “Manuele Fior explora los sentimientos y la melancolía de una generación perdida que no pertenece a ningún lugar. Una generación inestable que se encuentra en la treintena y que, seducida por millones de vidas posibles, se aventura en una búsqueda constante sin saber qué camino elegir.” 

En ese preciso instante, me di cuenta de que la historia de Lucia podía ser la mía propia. Yo pertenezco a esa generación perdida que aún no ha descubierto cuál es su lugar en el mundo ni el camino que debe seguir. Onubense de nacimiento, tarraconense de adopción, estudiante en Carolina del Sur, lectora de español en Inglaterra, profesora inglés de secundaria en Puigcerdà y de Escuela Oficial en Girona... A mis 32 años me siento mayor, como si me hubiera reencarnado varias veces, como si hubiera vivido varias vidas en un suspiro. Pero esto se ve que tiene una explicación: La segunda ley del tiempo psicológico según Steve Taylor en “Creando el tiempo” dice que “el tiempo discurre más despacio cuando nos exponemos a nuevas experiencias y entornos”. Y yo no podría estar más de acuerdo porque lo he vivido en mis propias carnes. Cuando estás fuera todo es  una novedad, desde coger el autobús hasta encontrar aquel supermercado que te gusta. Recuerdo llamar a mis amigas para que me explicaran novedades y NUNCA PASABA NADA NUEVO. El tiempo parecía haberse detenido en la otra línea del teléfono. Yo tenía tantas anécdotas para explicar que mis minutos se expandían exponencialmente hasta el infinito y más allá. A Lucia le pasa algo parecido cuando se va a Noruega a escribir su tesis doctoral sobre Ibsen. El nuevo país la atrapa con nuevas experiencias e inicia una relación con Sven tras dejar al amor de su vida en la distancia y tiempo, Piero. De repente, siente que vuelve a respirar y que recupera las riendas de su vida porque puede empezar de nuevo.

Pero tanto a Lucia como a mí nos llegó el momento en que, a pesar de ser felices en nuestra nueva vida posible; algo en nuestro interior se movió. Algo te reclama volver a CASA. La madre de Lucia lo resume en una gran sentencia: “Las plantas necesitan tiempo para adaptarse. Igualito que las personas. Tienen que echar raíces. Si no, son infelices.” Se llega a un punto en que se necesita parar el tiempo, un orden, una rutina, un nido, tu espacio rodeado de tu familia y amigos. Echar raíces es necesario para tu salud mental. Yo me cansé de hacer maletas, buscar piso, conocer gente, explorar una ciudad nueva cada año… Vivir temporalmente es divertido por un tiempo pero al final quise dejar de tener mi vida en cajas con nombres en permanente en el garaje de mis padres. Lucia siente ese mismo impulso, quiere volver a Italia para tener a su bebé, echar raíces en su ciudad y no tarda en comunicárselo a Piero quien en ese momento vive en Egipto y también espera un hijo. Están a “Cinco mil kilómetros y un segundo” el uno del otro y su reencuentro vuelve a frustrarse. Parece que el destino les vuelve a poner tierra de por medio. Su historia de amor se convierte en un recuerdo que trasciende el tiempo y el espacio.

Y llega el momento en el que VUELVES. Y es duro VOLVER. Parece sencillo pero se echa de menos la novedad, la velocidad, vivir nuevas experiencias. La rutina te envuelve como una tela de araña y pronto te ahoga, te asfixia. La desidia te posee y dejas de tener luz en los ojos. Nada ni nadie ha cambiado y tu eres tan diferente que te encuentras fuera de lugar. ¿Cómo echar raíces en un lugar al que no te sientes pertenecer? Nunca había podido verbalizarlo y Lucia, sin yo sospecharlo, expresa lo que yo sentía a la perfección: “¿Sabes lo que es peor que marcharse? Volver. Decirte que ya has vivido tus experiencias y es hora de que vuelvas a casa. Y encontrarte todo tal y como lo dejaste. Que nada haya cambiado. Salvo uno mismo.”
Estoy en CASA, tras haber vivido muchas vidas posibles pero, aunque no he dejado de buscar, hace tiempo que dejé de pensar en el próximo destino. Intento vivir el aquí y el ahora con los ojos bien abiertos para no perderme ninguno de los caminos que se van abriendo a mi paso. Debe ser de “generación” profesional, una generación de espíritus libres a los que las alas se les enredaron en la tierra y un día decidieron echar raíces como cualquier árbol centenario. 


martes, 1 de mayo de 2012

EL RELOJ DEL CONEJO BLANCO




Ilustrador: Javier Garcia (http://javigaar.blogspot.com)

Laia bajaba corriendo las escaleras con un zapato puesto y el otro en la mano mientras hacía equilibrios para intentar ponérsela sin mucho éxito. Se había vuelto a quedar dormida y llegaba tarde al trabajo otra vez. No entendía por qué siempre llegaba tarde a todas partes. Era como si su cuerpo no pudiera seguir el ritmo de su vida. El café quemaba y sólo dio un bocado a la tostada porque no tenía tiempo de acabársela. Cogió el abrigo y cerró la puerta de casa con un golpe seco. El sol la deslumbró y un coche casi se la come al cruzar la calle. La gente corría a su alrededor como si hubiera un fuego o estuvieran a punto de bombardear la ciudad. Sus rostros estaban serios y las facciones eran ferozmente duras.
Laia se reincorporó a la marabunta y siguió el flujo natural, rápido y sin pausa. En el metro era difícil de respirar. Una multitud de gente luchaba por entrar pero Laia no tuvo suerte y tuvo que esperar al siguiente. Se sentía como el conejo de Alicia en el país de las maravillas. Miraba su reloj constantemente mientras las manillas rodaban y rodaban con una aparente velocidad.
Consiguió entrar en el metro a empujones como si coger el metro implicara su supervivencia. Una parada. La cara de Laia se preocupaba. Otra parada. Laia miraba el reloj con impaciencia. Tercera parada. Su pie golpeaba irritado el suelo. La siguiente era su parada. Laia volaba a través de los pasillos. “Llego tarde, llego tarde, llego tarde”, repetía la chica como un mantra. Las escaleras parecían interminables y su respiración cada vez era más angustiante. Veía el edificio de oficinas en la lejanía como si fuera un espejismo, como si nunca pudiera llegar, como un sueño inalcanzable. Respiraba fuertemente. El aire le pesaba. Sudaba. Al llegar a la puerta principal, no se abría. Extrañada, Laia golpeaba con fuerza la porta mientras gritaba para que la abrieran. Nadie parecía oírla.
De repente la gente desapareció y unas lágrimas de frustración le resbalaban por las mejillas. No lo entendía. ¿Qué estaba pasando? Gritaba salvajemente. Poco a poco todo se volvió invisible y el cuerpo deshecho por los nervios de Laia suplicaba de rodillas en el suelo para que alguien le explicara qué estaba pasando. Había perdido la cabeza. No lo entendía. Temblaba. Chillaba. Lloraba. El ruido insistente de la sociedad se había convertido en un silencio sepulcral. Miedo. Inseguridad. Soledad. Pánico.
El despertador la salvó de su pesadilla. Laia abrió los ojos. La cama estaba toda sudada. El cuerpo todavía le temblaba asustado. Bajó las escaleras lentamente con los pies descalzos saboreando cada escalón, digiriendo la frialdad del suelo para sentirse viva. Abrió el balcón y todavía en pijama y sin zapatos salió al jardín. Hacía un sol espléndido, de aquellos soles de primavera que te llenan de energía y vida. Era domingo y el ambiente desbordaba paz y tranquilidad. Laia respiró profundamente. Las flores escarchadas. El césped húmedo. La brisa marina. El viento transportaba la música del mar constante de las olas. Laia puso su mano sobre su pecho. El corazón le latía suave siguiendo el movimiento hipnótico de las olas, el ritmo interno de la tierra y se sintió conectada al universo.