lunes, 18 de junio de 2012

Y ENTONCES LLEGÓ LA LLUVIA


Hacía calor. Un calor sofocante. De esos calores que no te dejan respirar, que hacen que se te corte el aliento y no permiten llenar los pulmones de aire. Sudaba y notaba cómo la cama estaba húmeda. El cuerpo desnudo se pegaba a las sábanas. Vueltas y más vueltas. Imposible dormir con aquel calor. Los grillos gritaban desesperados. Tenía los ojos cerrados. Quería dormir pero aquel calor. Y más vueltas. Buff… Se sentó en el borde de la cama y se recogió el pelo en una cola alta. Observó su cuerpo brillante. Parecía que acababa de salir de la ducha, pero aquellas gotas eran de sudor. Sudor ácido que la quemaba en sus noches de verano. Fue a la cocina y abrió la nevera. El aire frío le puso el vello de punta. Buscó agua helada y bebió como si hubiera estado cuarenta días en el desierto. Pero aquella agua no la saciaba. La temperatura de su cuerpo no bajaba. Desesperación en su rostro. Encendió el ventilador y se colocó delante. Cerró los ojos y dejó que el viento recorriera todos los ángulos de su cuerpo. Qué descanso. Aquello parecía aliviarla. El calor le daba una tregua y suspiró. Lo desenchufó y lo trasladó a la habitación. Sonrió al ver que las cortinas se movían levemente. El aire del ventilador comenzó a bailar con la tímida brisa que entraba por la ventana. Claudia decidió echarse agua por encima. Así borraría los surcos de sudor de su piel. Salió de la ducha y obvió la toalla. Se tumbó encima de las sábanas aún mojada. Ahora podría dormir. Ilusa. La mano acarició la parte izquierda vacía de la cama. Aquel lado estaba helado. Hacía mucho que nadie lo ocupaba. El ruido del ventilador empezó a molestarla. Ahora competía con los gritos agonizantes de los grillos. Buff… Su mirada se clavó en el techo. ¿Y ahora qué? Unas lágrimas acudieron a sus ojos. Estaba cansada. Necesitaba descansar. Y ese calor…
Tic, tic, tic, tic… Unas gotas valientes golpeaban el suelo de la terraza. Poco a poco el repicar de las gotas suicidas se hizo más intenso. Miró la ventana con desgana y en ese justo momento una bocanada de aire frío la cerró de un golpe. Fue el acompañamiento ideal para la tormenta que acababa de estallar. Resopló agotada. Se sentó de nuevo en el borde de la cama y se incorporó. Pasos lentos y arrastrados. Encajó la ventana y se aseguró de que estaba bien cerrada. Volvió a estirarse en la cama, a clavar los ojos en el techo, a sentir calor, a llorar. Insoportable. La ventana se rebeló y se abrió con fuerza chocando contra la pared. Cristales rotos tintinearon en el suelo. Claudia se sentó asustada. Ahora sus ojos observaban en la oscuridad. La ventana rota. Las cortinas volando. El agua entrando, conquistando su espacio, inundando su desierto nocturno.
Se levantó por última vez. Ojos abiertos en la penumbra. Dolor al chocar contra la cómoda, dolor al encontrarse con una esquina, dolor al pisar los cristales rotos en el suelo. Salió a la terraza y miró al cielo negro furiosa. Pronto la lluvia calmó su piel, el olor a tierra mojada serenó sus nervios, el sonido de la tormenta apaciguó su enfado. Ofreció su boca a las nubes y las gotas de lluvia la saciaron como la más exquisita ambrosía. Su cuerpo permaneció inerte bajo la tormenta, empapado pero sereno, sin sentir frío pero sintiendo frescura, sin miedo pero sin riesgo, respirando pero sin ahogo. Poco a poco la lluvia, como Claudia, fue atenuándose en la noche. Las nubes se retiraron elegantemente. Los truenos y rayos se fueron despidiendo. Las últimas gotas descansaron en las hojas de las plantas del jardín. El cielo se tornó anaranjado y ante ella un suntuoso y cálido sol comenzó a emerger del horizonte. El calor de Claudia se había evaporado con la lluvia.

Publicación de origen: http://www.paziencia.com/blog/y-entonces-llego-la-lluvia/

lunes, 4 de junio de 2012

11. Don José: El perfecto funcionario

Soy profesora de secundaria y pertenezco a ese grupo privilegiado de vagos e insolidarios que pueblan el mundo intentado conservar la poca dignidad que les queda. Y es que hoy en día está mal visto ser funcionario. Hace unos años éramos un gremio invisible, nada importante… ¿Para qué sacarse unas opos si se podía ganar el triple que cualquier funcionario sin ni tan siquiera tener el graduado en ESO? Así se veían grandes marcas de coches a manos de niños que los mostraban al mundo como signo de prosperidad. Dinero rápido y fácil sin tener que pasarse horas estudiando encerrado entre cuatro paredes, sin parecer un vampiro famélico, sin sentirse culpable por tomar un café con las amigas… Sí, nadie se acordaba de nuestros nombres cuando era época de vacas gordas. Ahora, en un giro inesperado del destino, somos los que debemos pagar los platos rotos, somos “privilegiados” a los que se les ha retirado el derecho a réplica, no tenemos derecho a protestar porque…. Al menos tenemos trabajo. Y el trabajo, hoy en día, es un lujo accesible a unos pocos afortunados. Y así hemos visto cómo nuestro poder adquisitivo ha bajado en más de un 20% en menos de un año y medio, nuestra jornada se incrementa cada mes, la ratio por clase aumenta por exigencias del guión aunque, eso sí, se nos exige mantener la calidad de la enseñanza pública intacta… Y el funcionariado cada vez está más harto de que le sigan tomando el pelo.


Y en este clima de crispación y crisis, Todos los nombres de José Saramago cayó en mis manos. Era el libro del mes de mayo en el Club de Lectura y aunque ya me lo había leído hace años, lo releí ávidamente. Y es que, a pesar del tiempo pasado, la novela está más vigente que nunca. Es la historia del funcionario perfecto, Don José, quien trabaja en la Conservaduría General de Registro Civil anotando los nombres de los que nacen y mueren. Don José, hombre gris y solitario donde los haya; nunca ha fallado al trabajo, respeta la jerarquía, realiza su tarea a la perfección y vive en la única casa para funcionarios que ha quedado en pie adherida a la entidad tras una reorganización urbana... Y aún teniendo acceso directo por una puerta interior que comunica con el registro, da la vuelta a la manzana para entrar puntual a su puesto de trabajo!!!

Todo cambia cuando hay una propuesta de modificar la organización de los expedientes de los muertos: quieren trasladar los muertos recientes cerca de los vivos, porque, así se ahorrarían visitas arriesgadas atados al hilo de Ariadna a las entrañas del Registro General. Esta lógica propuesta desde la misma Conservaduría, hace tambalear el mundo de Don José a quien la rutina y la monotonía han conquistado. Decide  dedicarse más a su hobby (recolectar fotos de famosos que salen en revistas) pero, no teniendo suficiente con lo que explican las revistas sobre ellos, cada noche se adentra en la oscuridad del archivo en busca de todos los nombres de esos personajes públicos y los anota pulcramente en sus fichas completando la biografía inédita de aquellos monigotes de papel. En una de esas expediciones, el expediente de una mujer desconocida se  cuela entre los otros expedientes de manera fortuita. Lejos de descartarla por su anonimato, la mujer se convierte en su prioridad, le parece más interesante que los famosos que colecciona. A Don José se le queda corto anotar los pocos detalles que hay en el registro sobre aquella mujer y empieza a buscarla. Y en la búsqueda, algo en el interior del escribiente despierta. Lucha contra sus miedos, se salta normas, enferma y falta al trabajo, establece relaciones… necesita llenar ese vacío que ya no consigue llenar con el trabajo. Inicia un viaje interior a través de la búsqueda de esa mujer.
Enseguida empaticé con él y es que la rutina puede convertirse en una pesadilla. El trabajo ya no supone una novedad y la vocación se acaba convirtiendo en una obligación. Cada vez inventan nuevas formas de complicarte la vida con papeleo absurdo y al final acabas haciendo de todo menos enseñar y es inevitable descubrirte si no quieres volverte loc@. Don José incluso cae enfermo para procesar todo aquello que le está sucediendo. No os desvelaré el final porque vale la pena leerlo, sobretodo en estas fechas inciertas… Don José, el perfecto funcionario, da las claves para un cambio silencioso y a la sombra, un cambio desde el interior. Paciente y constante como el trabajo de una hormiguita. Me ha enseñado que es posible, que personas como yo a las que les agobia las aglomeraciones de gente y que por ello no han asistido a ninguna protesta indignada, puede alzar su voz de una manera discreta y aparentemente inapreciable y, aún así, cambiar muchas cosas lejos de la ira, la crispación y el desencanto. Sólo me cabe concluir con una cita de José Saramago que resume a la perfección esta maravillosa novela: “Conoces el nombre que te dieron. No conoces el nombre que tienes.” Y tú, ¿ya sabes cómo te llamas? ;-)