lunes, 22 de octubre de 2012

23. ¿Te atreves a comprar un billete para el futuro?

Elegir el motivo que me llevó a comprar “Por qué el mundo funciona perfectamente sin mí” sería complicado: Un título de lo más sugerente, una portada intrigante (¿Qué hace un koala en una farola mirando fijamente hacia mi?), una colección de cuentos diferente, un contexto distópico futurista y una pregunta retadora ¿te atreves a comprar un billete para el futuro? ¿Yo? ¿Qué si me atrevo? ¡Por supuesto! Y tardé poco en llevarme esta sublime historia a mi casa.
El primer cuento se titula “Cómo extirpé a Dios del cuerpo a un chica” y establece el tono del libro (podéis leer y juzgar vosotros mismos clicando en el título): irreverente, sincero, resacoso… Fue como tomar un brandy añejo en un bar cutre de carretera. Al acabar la historia, deseé que no fuera sólo un cuento. Quería más. Aquella atmósfera se merecía una novela. Resignada inicié la lectura de “Génesis Citybis” y comprendí que aquello era mejor que una novela. Los cuentos parecen estar conectados a través de los personajes y en los lugares en los que se mueven. Sus historias son potentes, descarnadas, redondas, acabadas. Y aún así,  viajando por cada uno de los cuentos, se dibuja a la perfección un futuro no tan lejano común en todas ellas, un futuro que parece estar a la vuelta de la esquina, que puedes tocar con la yema de los dedos y quemarte.  Ese futuro es el hilo invisible que une a los personajes y atrapa al lector. ¿Y cómo lo hace?

En un entorno que recuerda al presentado por Black Mirror, la siguiente generación intenta sobrevivir en una metrópolis que les supera, donde todo es exponencialmente más grande de lo que la gente que allí vive puede manejar. Los personajes están abrumados y se desconectan de ellos mismos por tal de no morir de saturación en una sociedad tremendamente cruda, solitaria y consumista. El sexo y las compras compulsivas son la vía de escape de personas que son incapaces de vivir. Son muertos vivientes que se mueven por inercia, por los dictámenes que les marca esa sociedad cruel que les ha tocado vivir. Analfabetos emocionales que ni tan siquiera intentan cambiar ese mundo porque están tan desconectados que no ven más allá de satisfacer su propio placer inmediato. Minusválidos en establecer relaciones personales con sus familias, amigos y parejas que se esconden en el sexo y la confrontación para sentir que algo les une todavía.

Si tuviera que destacar mi cuento favorito sería “De la mano a la boca”. Liesbeth, la protagonista, es una farsante: “perfecta” ama de casa que miente a su marido llevando a sus hijos a la guardería mientras escribe libros como si fuera una superviviente de un cáncer que nunca tuvo. La historia empieza con el dilema de Liesbeth por encontrar un final para su último libro. Sabe perfectamente lo que esperan las ávidas lectoras de ese tipo de “literatura” pero una parte de ella se resiste a darles lo que quieren y eso la lleva a reflexionar sobre su propia vida: ¿no es eso lo que ha estado haciendo toda su vida: hacer lo que se supone que otros esperan de ella?

"Liesbeth y Sara se conocieron a los dieciséis años, cuando trazaron El Plan: una serie de pasos bien definidos que conducirían en última instancia a la felicidad en estado puro.


Todo se desarrolló según lo previsto, empezando por la pérdida de la virginidad a los diecisiete con el mismo chico que su amiga. A los dieciocho se matriculó en la carrera que le recomendaron. A los diecinueve alquiló un piso con su amiga. A los veinte vivió los mejores días de su vida: Una fiesta detrás de otra y cientos de amigos. A los veintiuno, un novio perfecto y buenas notas. A los veintidós terminó la carrera y vivió un año en casa para ahorrar para un coche. A los veintitrés, un coche y el trabajo para el cual se había preparado. A los veinticuatro apareció él, justo a tiempo para el matrimonio que tenía planificado; una año ahorrado para comprar algo juntos. A los veinticinco, una casa en un barrio tranquilo con un colegio cerca; todo el mundo aseguraba que Liesbeth iba por buen camino. A los veintisiete, un hijo; dejó el trabajo y todo el mundo opinó que había tomado la mejor decisión. A los veintiocho, su marido empezó a preocuparse porque tardaba mucho en perder la grasa del embarazo, y tenía razón pero Liesbeth negaba la mayor. A los veitinueve, otro crío. A partir de ese momento, trabajar fuera de casa ya no era una opción. Así opinaba todo el mundo. A los treinta, ahorró para un viaje hacia el sur.

Y después, nada más.

El Plan sólo iba hasta los treinta. Llegado ese momento se suponía que ya debía ser feliz. Sin embargo, a pesar de haber cumplido los plazos rigurosamente, los frutos obtenidos son escasos y amargos. Liesbeth no se siente feliz, ni satisfecha, ni orgullosa."


La historia de Liesbeth me resonaba familiar (exceptuando lo del marido y los niños). ¿Cuántos trazamos un plan, El Plan, para ser felices pero una vez lo hemos conseguido nos encontramos que un vacío atroz nos roe las entrañas? Un día te levantas y te preguntas: ¿Qué parte de mi vida es mía? ¿Qué parte de mi vida es de los demás? Y no es que me arrepienta de nada de lo que he hecho en mi vida porque no estaría donde estoy, ni me estaría haciendo estas preguntas. El camino hecho, hecho está. Liesbeth tomó la salida fácil y desapareció. Se fue a empezar la vida que ella quería llevar lejos de su marido, lejos de sus hijos. La desesperación interior la abrumó tanto que necesitaba huir para poder volver a respirar. Yo soy de las que ha aprendido que huir de tu vida no te lleva a ninguna a ninguna parte como las escaleras de Escher. Así que ¿por qué no cambiar tu vida a partir de dónde te encuentres ahora? Tomar las riendas de lo que va a ser tu vida, aceptando que no le va a gustar a todos, asimilando los fracasos y celebrando los éxitos de lo que tú y sólo tú eres responsable. Así qué ¿te atreves a comprar el billete para tu futuro?




5 comentarios:

Alicia Pérez Gil dijo...

¡Santa María!

Eso es exactamente lo que hay que hacer: Balance, que nos quede claro dónde estamos, qué queremos conservar y qué queremos eliminar.

Pero a diario. La felicidad no es una piruleta, es más como un huerto: hay que regarla, abonarla, cortar las malas hierbas y llegar al final del día con la conciencia tranquila porque todo está donde debe estar o al menos en camino.

Buena entrada. A ver qué me dice el cuento enlazado ^^

Píramo dijo...

Planificar la vida como hizo Lisbeth es tremendamente frustrante, además de tremendamente aburrido. Ni sale como esperas ni es interesante. Yo creo en la búsqueda incesante, intentando sobrevivir a la fagocitación social que inevitablemente abre sus fauces. Pero siendo uno mismo, no la répilica de lo estipulado por las mentes bienpensantes. Yo sé a dónde quiero llegar pero no me interesa en absoluto cómo voy a llegar.

Érie Bernal dijo...

Alicia tienes toda la razón del mundo. Qué bonita la imagen de la felicidad como un huerto. No lo podría haber definido mejor. Encontrar el equilibrio es una trabajo de constancia y perseverancia. Un besote hermosa!!
Píramo enhorabuena por saber cuál es tu objetivo y no te importe el camino a recorrer. Yo pensaba que sabía cúal era mi destino pero cuando llegué me di cuenta de que aquello no era lo que yo necesitaba. Entiendo a la perfección a Liesbeth porque la autoconvicción del que camino que haces, es el que tú has elegido es como una venda que sólo el vacío interior logra quitar.

Francisco Arsis dijo...

Una buena colección de relatos, tal como lo describes, sin duda. Los títulos son desde luego muy sugerentes, y tu reseña, impecable. Y sí, claro que hay que atraverse, faltaría más...
Un afectuoso, Érie, y encantado de leerte, como siempre.

Érie Bernal dijo...

Gracias Francisco una vez más por tu bonitas palabras. Los relatos son altamente recomendables!! Un afectuoso abrazo y hasta la próxima!!