lunes, 22 de julio de 2013

LA VENTANA




La casa llevaba cerrada ya demasiado tiempo. Abrí la puerta de entrada con esfuerzo. Las bisagras chirriaron oxidadas por las inclemencias del tiempo. Al entrar, el polvo suspendido en el aire atascó mis vías respiratorias. Fueron unos segundos de ataque furtivo. Mis ojos lloraron, mi garganta carraspeó. La oscuridad lo inundaba todo. El olor a cerrado era nauseabundo. La falta de luz me asustaba, así que me di prisa en abrir los porticones de madera. Una luz plateada suavizó la atmósfera. Entonces maldije aquella reunión eterna, el tráfico lento a la salida de la ciudad y los trabajos infinitos en la carretera. Me hubiera gustado llegar con luz diurna. Me hubiera sentido más segura.
Busqué la linterna en mi bolso. Los plomos deberían estar detrás de la puerta si recordaba bien. Y, como era de esperar, seguían allí. Los  subí y una luz mortecina inundó la estancia. Las bombillas estaban envueltas en madejas de telarañas que se enroscaban como las hiedras del jardín. Los muebles estaban cubiertos con sábanas descoloridas y amarillentas. Pasé el dedo por el mueble de la tele y se tiznó de gris. Me arrepentí de no haber llegado con más tiempo una vez más. Dormir con tanto polvo no debía ser bueno. Me encogí de hombros y me dirigí a la cocina. Dejé la bolsa de comida que llevaba en la encimera y abrí el frigorífico. Funcionaba. Respiré tranquila. Guardé la bolsa en su interior y me dirigí a la habitación.
Toqué el interruptor en la oscuridad. Una luz apagada me deslumbró por un segundo. Barrí con la mirada la estancia. Polvo. Sólo veía polvo. Puse cara de asco y salí a buscar mis trastos. Iba a pasar una buena temporada en aquella casa cansada y era lo que había. Tendría que servir. Había sido mi elección. Dejarlo todo y alejarme del mundanal ruido. Iba a escribir. Escribir mucho. No sabía sobre qué. Pero iba a escribir. En tres viajes lo tuve todo en la casa. Cerré con llave. Me di cuenta de la absurdidad acometida nada más escuchar cómo los seguros del  coche se cerraban. No había nadie allí. Nadie podría llevarse mi coche. Estaba segura.
Reposé mi cuerpo contra la puerta. Respiré profundamente. Me sentí tranquila. Atrapé mi maleta. La abrí encima del colchón y una nube de polvo me hizo toser con fuerza. Era irritante. Tosí, tosí y tosí hasta que las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas. El polvo desapareció. Mis lágrimas habían encontrado la escusa perfecta para escapar y rompí en un llanto profundo mientras deshacía la maleta. Lentamente, las prendas iban adormeciéndose en los cajones recién desempolvados. 
Un delicado golpeteo me sacó de la tarea que realizaba. Busqué por toda la habitación. No llovía, no pasaba corriente por ningún lado, no había nada suelto… Y entonces la vi. Vi aquella polilla que chocaba una y otra vez contra la luz lánguida como si quisiera traspasar la bombilla para atrapar el ansiado sol artificial. Me limpié las lágrimas con las yemas de los dedos. Y sonreí. Me acerqué a la ventana y la abrí de par en par. Una fresca brisa me acarició el rostro. Cerré los ojos y respiré profundamente. Pronto escuché un aleteo sutil que me pasaba por el hombro. Acompañé con la mirada el camino de la polilla adentrándose en la oscuridad de la noche. Desapareció. El bosque la acogió en sus brazos. Y yo... Yo volví a respirar.  

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