lunes, 17 de marzo de 2014

36. El único final feliz para una historia de amor es un accidente.





 "En esos momentos, el señor Langosta Okuda dice en sus sueños palabras que entran en los míos: 
- Un día entenderás que el único final feliz posible para una historia de amor es un accidente sin supervivientes. Sí, Shunsuke, mi parvo estorbo, mi pequeño fugu idiota: un accidente sin supervivientes."

Llevo unas semanas perdida en las obligaciones laborales y al blog entro en diagonal. Ni siquiera encontraba un momento para entrar y comprobar que seguía allí, esperando.Y el estrés, al final, sólo puede llevarte a un lugar: la cama. Una tarde, el cansancio pudo conmigo y disfruté de una siesta reparadora. Necesitaba recargar pilas y al levantarme... Digamos que no llegué a levantarme. En la mesita de noche tenía "El único final feliz para una historia de amor es un accidente" de J. P. Cuenca, autor desconocido hasta entonces que me recomendaron en la biblioteca. Abrí la primera página y eso fue mi perdición. Me recoloqué la almohada, corregí mi postura y empecé a devorarlo. Dos horas más tarde cerraba la contraportada con una sonrisa en los labios. El estrés había desaparecido y el cansancio también. Hacía tiempo que no encontraba algo así: extraño pero a la par coherente, diferente pero familiar, original... Mis últimas lecturas han sido bastante decepcionantes. Cuando lees mucho, llega un momento que cuesta que te sorprendan. Y debo confesar que Cuenca me sorprendió. Y eso, sorprenderme, es bastante difícil últimamente. 
¿Cómo explicar de qué va? La estructura es inteligente: comienza con un flashback, la historia se cuenta a través de múltiples formatos y visiones, el estilo sencillo aunque profundo (hay un segundo nivel de lectura muy interesante y sutil que te lleva más allá), de ritmo rápido pero de fácil aprehensión, y los personajes... Los personajes... no destacan por su humanidad aunque son puramente humanos, incluso la muñeca Yoshiko.
Y sí, vuelvo al tema japonés... No lo buscaba, me esperaba tópicos brasileños y fue un shock encontrarme con un libro tan japonés. Tuve que leer dos veces la contraportada para asegurarme que el autor era brasileño y no tenía ningún tipo de ascendencia nipona. Porque de verdad que me dicen que el libro lo ha escrito un japonés y me lo creo. 
A estas alturas os preguntaréis por qué me gustó tanto. No es una historia bonita, ni agradable de leer pero hay algo que te atrapa. Habla de la sombra humana, esa que por existir nos hace más humanos. Cuenca muestra la cosificación de los seres humanos, alienados de cualquier emoción, escondidos a través de la tecnología, obsesionados por la imagen... en una historia donde la más humana de todas es una muñeca sexual (love doll) llamada Yoshiko y que es propiedad del señor Okuda.

"Más allá de eso, ¿hasta qué punto un cambio en las medidas de mi cuerpo harían otra de mí-ya que yo soy mi cuerpo y mi nombre es Yoshiko-?¿Cuánto debería engordar o crecer para dejar de ser quien soy y transformarme en otra? ¿Cuál sería la frontera?

Cuando pienso en el señor Okuda al lado de esa mujer con medidas imposibles para mí, siento un foco de calor preciso dentro de mi cuerpo, como si alguien hubiese encendido un fósforo en mi pecho. Me quedo inquieta e incapaz de cumplir mis tareas domésticas, leer o ver la televisión. El único pensamiento capaz de tranquilizarme es imaginar el retorno del señor Okuda hacia mí. Pero al instante siguiente el señor Okuda no golpea la puerta, ni en el próximo ni en los que vienen después, y eso que llaman “ahora” tarda en pasar y siento un gran rechazo por todo.
La única forma de parar esto sería desaparecer.

Y desaparecer sería que me encierren en la caja donde vine y perder mi nombre Yoshiko, y permanecer sola en la oscuridad hasta mezclarme con la oscuridad y no distinguir qué es la oscuridad y qué soy yo, y así perder la conciencia de mi cuerpo y con ella mi cuerpo, que es lo que soy, porque yo soy mi cuerpo y mi nombre es Yoshiko.

Pero hay una segunda idea que me alivia y me da un enorme placer siempre que corto pescado venenoso para mi amo. Es la de matar al señor Okuda. Y hacer que el ahora deje de pasar también para él."

El amor no es bonito en la historia. No es un pastel de merengue. Es violento e interesado, es obsesivo y cruel, es infiel y escabroso. Y uno de los mejores exponentes del amor en el libro es Shunsuke, el hijo del señor Okuda, quien se enamora de la rumana Iulana Romiszowska. Y esa es la Historia de Amor. Una historia de amor vigilada por la Sala del Periscopio a cargo del padre de Shunsuke, el señor Atsuo Okuda, el señor Langosta Okuda (como lo llama su hijo), el poeta Tanka retirado, el personaje que vive a través de las imágenes que recoge en la sala del periscopio sobre la vida del estorbo de Shunsuke. Una historia de amor que tiene un final trágico para Iulana, que tiene un final trágicamente cruel para Shunsuke.
Esta visión tan peculiar sobre el significado del amor lleva al lector a Kazumi, una bailarina exótica que es la estrella del bar de compañía donde también trabaja Iulana Romiszowska. Ambas escenifican una escena en un lavabo que no tiene desperdicio y que no voy a narrar aquí más por pudor que por otra cosa. La relación amorosa entre ambas va más allá del deseo. Las chicas tienen más caras que un prisma aunque ninguna de las dos puede evitar cortarse con sus propias aristas. Encarnan la parte más idealista del ser humano, los sueños que nos hacen seguir teniendo esperanza, lo que se puede llegar a hacer por conseguirlos, la fina línea entre la realidad real y la realidad que nos construimos. 
“¿Tú tienes sueños? 
-Yo nunca sueño. No recuerdo ni un solo sueño. Creo que nunca soñé. 
-¿Existe alguien que no sueña? 
-No sé. En verdad, creo que no sueño porque todos los días soy soñada por otros. Yo misma soy un sueño. Los sueños no suelen soñar, ¿no es cierto?” 
Cuenca crea una historia distópica que se confunde con un sueño o, más bien, con una pesadilla. Yo recuerdo pocos sueños cuando me despierto pero, en ocasiones, la mezcla de elementos extraños dan una consistencia al mismo sueño que lo hace puramente real. Y en todo sueño que se precie existe un animal extraño. En este libro lo extraño es la presencia del Fugu, un pez venenoso, y la Asociación del Fugu Armonioso de Tsukiji que va apareciendo durante toda la historia como un hilo que va uniendo los retales inconexos del cuento fantástico. La asociación se encarga de mantener el conocimiento de cómo cortar un fugu y poder comerlo porque si se desconoce la manera exacta de cortarlo, al comerlo produce una muerte por parálisis en un promedio de cuatro a seis horas por contener altas dosis de tetrodoxina. Y sí que existen fugus "limpios" criados en un ambiente controlado para no morir disfrutando de su sabroso sabor, pero, no es lo mismo. Sutil y enorme metáfora de la vida que dejo que el lector analice en la soledad de su casa. 
Y sólo cabe decir que esta vez la contraportada del libro no engaña y que "Cuenca arma un cuento de amor sorprendente, en donde la vida fragmentada de la megalópolis, el voyeurismo omnipresente y la perversión humana son villanos que amenazan cualquier atisbo de afecto." A veces la realidad, supera la ficción y la ficción se hace más real y poderosa que nunca. Vivimos en un sueño o en una pesadilla. Vivimos o eso pensamos que hacemos y, a veces, sólo demasiadas veces, se nos olvida que somos humanos.
Tenéis que leer "El único final feliz para una historia de amor es un accidente" y entonces comprenderéis esta caótica entrada, lo comprenderéis todo. 



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