NADIE RECORDARÁ A LOS ÁNGELES CUANDO EN EL MUNDO REINEN LAS TINIEBLAS



   
Aquel día el sol no salió como tampoco lo hacía desde que la oscuridad se apoderó del cielo como si de una noche eterna se tratase. Y con aquella oscuridad llegaron ladrones, asesinos, prostitutas... y todo el  infame mundo de los barrios bajos haciendo que el ambiente estuviese, tal vez, demasiado cargado. Casi había olvidado el color y la forma de la estrella que anteriormente calentaba el planeta. La vida no era como antes pero me daba igual porque ya no la recordaba. Era como una especie de autómata programado en un mundo que había cambiado la moralidad de las cosas.
Mientras andaba por la acera repleta de basura y excrementos veía las chabolas improvisadas donde vivía la gente producto del desmesurado crecimiento  demográfico, la prolongación de la esperanza de vida y el Cataclismo, un suceso impresionante que había provocado un cambio de papeles; notaba el olor de la pútrida existencia del ser humano; divisaba centenas de ratas negras; oía llorar a los niños que vivían en las cloacas; escuchaba la sirena intermitente de ambulancias y de coches de policía... Una furcia se me acercó por si aceptaba sus servicios pero la deseché tal vez por higiene, tal vez por decencia o tal vez por pena.
Era uno de los pocos hombres que poseía un cargo medianamente bueno en la ciudad que ya ni tan siquiera tenía nombre. Había estado casado pero mi mujer había fallecido junto a mis dos hijos en una epidemia, cuya denominación olvidé, que provocó el descenso de población más importante de toda la historia; así que decidí olvidarme del matrimonio, los niños y el amor. Se podría decir que estaba amargado y que ya no me importaba la vida pero, ¿a qué loco le gustaría vivir en las circunstancias que estaba el mundo?
Seguí caminando por aquella inmunda calle hasta llegar al paseo marítimo que estaba en lo que anteriormente se denominaba playa. Ahora era un vertedero y el agua era espesa y de color negro con viscosas manchas verdes. El olor era insoportable así que aligeré la marcha. Inesperadamente tropecé con un cadáver en avanzado estado de descomposición que me provocó el vómito casi inmediatamente. Salté el muerto y corrí hasta la estación ya que mi tren salía dentro de media hora. Me senté a esperar  y a recuperar la respiración.
En la sala de espera podía ver los antiguos horarios de la vieja compañía RENFE que no hacía mucho que había desaparecido. Los televisores, que tenían las mismas funciones que los tablones de anuncios, descargaban chispas o estaban caídos en el suelo, rotos y sirviendo de hogar a las ratas de las alcantarillas. El olor allí no era tan fuerte como el de fuera aunque se notaba viciado.
Observé a la gente que si antiguamente era curiosa ahora se había convertido en singular: una pareja intentaba mantener relaciones en la esquina sudoeste de la estación, eran demasiado jóvenes, tal vez tenían catorce o quince años. No mucho más lejos un niño de unos ocho abriles jugaba con sus dedos en los bolsillos de los que compraban los billetes sacando de ellos carteras, relojes, monedas, fotos... con un sigilo que parecía pertenecer a un libro de magia. Unos metros más allá una especie de pitonisa que estaba en trance hablaba del fin del mundo con una mujer totalmente enjoyada de plástico dorado y que vestía con una mala imitación de abrigo de visón fabricado de PVC. En la esquina sudeste un camello le vendía la última novedad en drogas, X57, a un crío de unos diez años, moreno y raquítico. A unos pasos una loca que estaba de rodillas se balanceaba de delante a atrás rogando a un Dios que nos abandonó hacía ya demasiadas lunas. A mi derecha, lo que años atrás habían sido grandes puertas automáticas de cristal, ahora no eran más que vidrio decorando peligrosamente la entrada al andén. Enfrente de mí estaba la cafetería y una tienda de cartuchos,  con infinitas utilidades, que servían para conectarlos al  aparato de realidad virtual que se había convertido en una especie de obsesión para toda la humanidad.
Miles de ruidos incoherentes rondaban mis oídos. Ya nadie hablaba razonablemente y el ser inteligente se había transformado en un robot que ansiaba controlar la mente de todos los demás. La demencia y la desesperación reinaban en las calles. La violencia y las armas eran tesoros al alcance de los niños. La vida no parecía tener fin y la ciencia seguía investigando sobre la fuente de la eterna juventud. Los abuelos se habían convertido en seres milenarios y los niños en ávidos genios a la caza del poder, la fama y el dinero.
Pronto escuché la casi inaudible llamada para subir al tren. Hoy llegaba temprano, tal vez tendría suerte y encontraba un lugar confortable. Subí a lo que quedaba del legendario y lujoso AVE. Ahora apenas podría encontrar un asiento sin romper o que estuviese limpio; las paredes eran galerías andantes de arte urbano; las ventanas, pertinentemente selladas y tapadas, no dejaban ver el exterior, posiblemente para no mostrar el desastre ecológico ocurrido en el Cataclismo. Curiosamente el vagón estaba casi vacío y solamente nos encontrábamos allí dos personas. Al principio no le presté atención pero más tarde una extraña sensación me hizo mirarla fijamente.
Era una mujer o tal vez una jovencita de tez blanquísima que me hizo recordar las clásicas estatuas griegas, sus ojos eran de un azul tan intenso que si el mar los contemplase se moriría de envidia ante la pureza de su color; sus mejillas, de un tono violáceo, le daban un poco de vida a aquel rostro que parecía el de una divinidad; sus labios, que no eran demasiado gruesos, mostraban una cerrada sonrisa que no dejaba ver sus dientes; su cuello, fino y largo, hacía que su estética fuese como sacada de la mano de un ser mágico. Llevaba un pulcro vestido blanco, extraño en una época predominantemente oscura, con un amplio escote que dejaba entrever la parte superior de sus hermosísimos pechos, no demasiado grandes; sus brazos, tan frágiles como la porcelana china, desembocaban en unas finas muñecas que eran adornadas por un resplandeciente reloj y una fina pulsera ambos de plata; sus elegantes manos, de largos dedos, sostenían un libro bastante grueso del que no pude leer con claridad su breve título. El libro descansaba en su falda y me paré a contemplar su pequeña cintura. Seguí bajando aunque su delicado vestido cubría sus piernas que imaginé por los pliegues del mismo. El tejido se detuvo en sus tobillos, tan delgados como sus muñecas, de los que nacían unos menudos y gráciles pies envueltos en unas zapatillas planas y de un blanco posiblemente más puro que el del vestido. Me  recordó a un ángel, un ángel de aquel Dios que parecía no estar ya entre nosotros.
La seguí mirando sin preocuparme  si podría reprocharme mi descaro. Su figura era serenidad y tranquilidad absoluta. Me hacía sentir tan bien que por unos momentos olvidé las penalidades de la vida. Ella desvió su mirada del libro y la subió hasta cruzarse con la mía. En ese instante la deseé pero algo dentro de mí me hizo contenerme. Sus ojos eran depurados e inocentes. Se puso en pie y reposó el libro en su regazo. Sus cabellos, tan claros como sus vestiduras, le llegaban hasta las rodillas acabando en graciosos tirabuzones. Seguía de pie y sonriendo. Debía ser un ángel, una señal... Se acercó pausadamente hacia mí y me puse muy nervioso aunque no pude apartar mis ojos de ella. Andaba elegantemente, como si volase y no notase el taladro del tren. Se paró delante de mi persona y me dijo:
-Sé lo que estás pensando y es cierto.
Su voz era comparable a la del mismísimo Dios y creí desfallecer cuando aquellos vocablos entraron en mis oídos.
-¿A qué has venido? ¿Nos sacarás de esta locura? ¿Nuestro señor está aún entre nosotros? ¿Por qué...?
Tenía tantas preguntas que hacerle y parecía como si la atmósfera se la fuese tragando. Me puso su derecho dedo índice sobre mis labios mientras dejaba su libro en el asiento de mi izquierda abierto por una página. Bajó su mano hasta juntarla con la otra en su falda.
-Pronto lo entenderás todo-. Es lo que logré comprender de su leve susurro.
Pronto fue desapareciendo y se fue formando una blanca neblina que se iba dispersando muy lentamente. Giré mi cabeza hacia donde había dejado el libro y mis ojos leyeron el título del capítulo. Mis cuerdas vocales analizaron los caracteres y mis labios dejaron escapar una única palabra: APOCALIPSIS.
¿Sería el final del mundo o sólo una broma pesada? Cerré el libro y pude ver con claridad su rúbrica dorada. Era la Biblia pero no podía ser. Había sido prohibida algunas décadas atrás y quemados todos sus ejemplares.  Mi cerebro no podía reaccionar y me dispuse  recoger el libro pero al igual que su dueña desapareció en unos segundos.
El traqueteo del tren me ponía de los nervios, dejé reposar mi cabeza en la pared y cerré los ojos. Una lágrima corrió por mi mejilla. Por fin libre, pensé. Estaba tan cansado de vivir que deseaba que todo acabase cuanto antes. Quería reunirme con mi familia para siempre, quería abrazarlos de nuevo, quería no separarme jamás de sus almas... Por primera vez en mucho tiempo me sentía feliz.
El tren paró y el vagón se llenó de gente. El olor era asfixiaste y cargante así que me levanté para conseguir un poco de oxígeno contaminado pero era como si el aire se hubiese convertido en un humo irrespirable. Pensé en la puerta de salida. Allí no estaría tan agobiado. Me llevó un cuarto de hora el llegar pero lo conseguí y bajé ya que aquella era mi parada habitual.
Mientras caminaba por la calle pensaba en lo que había visto y oído. No podía creerlo y meditaba sobre si todo aquello no era producto de la inhalación de los gases que pululaban por la atmósfera. Era un escéptico pero no era el único que habitaba el planeta. La gran mayoría de la humanidad no creía en nada porque todos sufríamos demasiado, porque algunos habían hecho demasiadas promesas que no se cumplieron, porque, el ser humano, sencillamente, había cambiado. Yo no creía, sólo analizaba y todo aquello me parecía una alucinación. Al llegar al trabajo los compañeros me preguntaron qué me ocurría. Me limité a interpelarles:
-¿Creéis que existen los ángeles?
La carcajada fue general como también lo fueron las burlas. Uno de ellos me contestó:
-¿Los ángeles? Ja, ja, ja... ¿Que si existen los ángeles? Eso no se lo cree ni el que escribió la Biblia.
No sé porqué aquel comentario me dolió, me molestó. Yo antes habría dicho lo mismo si me lo hubiesen preguntado pero ahora todo era distinto. La situación era extrema. Íbamos a morir todos. Me dirigí con furia hacia mi despacho y me pasé todo el día recordando lo ocurrido. ¿Por qué la gente estaba tan desengañada? Algo debía existir, algo movía las cuerdas del mundo aunque ya no estuviese entre nosotros. El silbato que indicaba el fin de la jornada sonó. Dejé de trabajar y me dirigí a la estación. Decidí no coger el primer tren porque era seguro que la aglomeración de gente fuese brutal y me senté en un banco a la espera del próximo. La imagen de aquella mujer volvía fugazmente a mi memoria, mi corazón latía cada vez con más fuerza e imágenes de mi vida volvían a mi mente.
El segundo tren llegó y, mareado, subí a él. Me apoyé en una de las ventanillas e intenté respirar con normalidad pero todo me daba vueltas y el ruido de la máquina se hacía cada vez más insoportable. De pronto todo se paró y las luces se apagaron. El pánico se apoderó de la gente que chillaba, lloraba y corría hacia las salidas cercanas. El tren, las vías y la tierra comenzaron a crujir y a separarse unos de las otros. Los vagones se iban soltando y la gente farfullaba, maldecía y se enfurecía. Pronto un fuego enorme  fue usurpando la vida de cada vagón, cada asiento, cada papel, cada bolsa, cada abrigo, cada persona... Era el fin ¿de mí o del mundo?
Cerré los ojos y vi de nuevo a aquella mujer, a aquel fantasma, a aquel ángel con su blanco vestido, su sonrisa cerrada, sus azules ojos, su seguridad, su elegancia... caminando sobre las llamas como si nada de aquello le afectase lo más mínimo. Yo ya no escuchaba lo que sucedía alrededor. Deseaba ir con ella. Noté como la gente se aferraba a mí tratando de escapar del infierno pero ellos no creían en los ángeles, yo sí. Me llevaría con ella y a su lado no sufriría más. Cada vez estaba más y más cerca y ella abrió sus brazos hacia mí. Una luz plateada y azulada al mismo tiempo comenzó a devorarnos. Entonces ella me miró, supe que la luz había vuelto a ganar su pequeña gran batalla y comprendí que todo comenzaría de nuevo. El mundo nacería otra vez y  la humanidad volvería a creer en todo aquello que olvidó cuando en el mundo reinaban las tinieblas.

Publicación de origen: 
http://www.wattpad.com/4787563-nadie-recordar%C3%A1-a-los-%C3%A1ngeles-cuando-en-el-mundo

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